lunes, 13 de febrero de 2012

27 artistas exponen sobre la muerte en España


73x73x273, el título de una exposición de 27 artistas dedicada a la muerte, hace suponer que dentro todo va a ser bastante más lúgubre y fúnebre, que el lugar va a oler a incienso y velas rojas de camposanto en el mejor de los casos, y a podredumbre de crisantemos y claveles si hay menos suerte. Pero las expectativas no se alcanzan. 73x73x273 son las medidas de un nicho estándar, de esos de hormigón que ahora ya se venden por módulos y van a los cementerios en camión, como las dovelas de un viaducto del AVE.
La muestra, que se inauguró el jueves pasado en la iglesia de la Universidade de Santiago, junto a la praza de Mazarelos, viajará en marzo a la capilla de Santa María de Lugo y lleva por sobrenombre aclaratorio uno de los habituales eufemismos referidos a la muerte: “A irmá do sono”. Claramente la hermana mayor, o la que al final siempre se sale con la suya, y que además, según el propio texto de presentación de este compendio de obras dispares, algunas de ellas rescatadas de otras muestras, es “consustancial a la vida, sin cuya existencia no tendría razón de ser”. Fátima Otero, comisaria junto con Cristina Carballedo, tiene grandes esperanzas en el éxito de la exposición por su temática, “muy seductora”, que vuelve sobre “una cuestión muy presente en la cultura gallega, que en el siglo XX y en el XXI nos empeñamos en convertir en tabú” mientras que “con ella se convivía sin ningún problema en la Edad Media”.
La muerte es el nexo común, a veces parece que traído por los pelos, de las obras que forman parte de esta muestra colectiva. En algunos de los artistas presentes en ella, como Ana Soler, “es un tema muy recurrente”, recuerda Otero. Esta vez, con una pequeña selva de tijeras, buena parte de ellas de barbero, que cuelgan del techo dispuestas en ristras, atadas con tanza, Soler quiere representar el “miedo permanente, la amenaza ante la muerte sobrevenida en cualquier instante”. Por su parte, Xurxo Oro Claro aporta las figuras metalizadas de un padre y su hijo, que camina con correa, como un can. Más que la ausencia de vida, lo que se expresa es un flagrante maltrato infantil que bien podría derivar en o hacer desear la muerte.
Pero entre los creadores reunidos para esta cita, con toda la intención coproducida por la Universidade de Santiago y la Diputación de Lugo en iglesias, y en el caso de Santiago “en una ciudad fundada en torno a un enterramiento”, también están Antón Lamazares, Paco Pestana o Xurxo Lobato y sus pasionales y sangrantes vírgenes barrocas. Pamen Pereira ha colgado su chaqueta que llora cera. Eduardo Valiña desperdiga su escenografía de la matanza. E Ignacio Pardo muestra a ras de suelo su vídeo en vaivén de un cuerpo femenino sumergido en paz, como si la muerte fuese en realidad un regreso “al origen de la vida”, una vuelta “al placer perdido de sumergirse en el líquido amniótico”. También podría ser formol.
Algo más adelante, en el itinerario giratorio, una escultura de Ramón Conde representa a la muerte como una maternidad, acunando a un niño en sus brazos descarnados. Es la idea del eterno retorno. Y el fotógrafo Manuel Sendón contribuye con tres hermosas estampas rurales que, de tan cotidianas, ya ni se aprecian. Son dos puertas y un poste, carcomidos por la intemperie, que sirven habitualmente de soporte de las esquelas o notas necrológicas que las empresas funerarias suelen grapar en los lugares más transitados de los pueblos. En las tres imágenes solamente se ven madera, grapas oxidadas e infinitas esquinas blancas de sucesivos folios arrancados. Pero se adivina, después de mirar un rato, por un teléfono que empieza por 988 y un topónimo despistado, que se trata de algún lugar de Verín

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