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domingo, 21 de septiembre de 2014

Murió Ricardo León, fotógrafo y custodio del cementerio de Tulcán




El 18 de septiembre del 2 014, falleció Ricardo León, fotógrafo que laboraba en el cementerio José María Azael Franco Guerrero, de Tulcán, provincia del Carchi, en el norte de Ecuador. Conocido como Gordo Richard o Cinturita, el artesano de 68 años de edad, dejó de existir tras una insuficiencia cardiaca. Aunque nació en Quito, capital del Ecuador, se radicó en Tulcán, desde que tenía 22 años. Poco a poco se convirtió en uno de los personajes más conocidos de esta urbe fronteriza con Colombia. En 1994 fue nominado Rey Feo, superando a destacados deportistas, artistas y políticos locales.Según el exalcalde de Tulcán, Pedro Velasco, Ricardo fue el custodio del camposanto durante 34 años. Ahí era común ver al fotógrafo de ojos azules, figura gruesa y bigotes canosos, con la cámara lista para realizar retratos a los turistas. Javier Yapud, presidente de la Asociación de Fotógrafos del Carchi, comenta que León deja un legado al gremio de fotógrafos. “Las imágenes que él plasmó, retratan la historia de Tulcán, el Carchi y la frontera”. Muchos carchenses lamentaron la muerte de este personaje alegre, amable, generoso y solidario. En Tulcán recuerdan que durante la Navidad solía disfrazarse de Papa Noel, con el objeto de llegar alegran a los infantes y adolescentes. En los últimos 15 años, pese a que no podía caminar por un desgaste óseo de la cadera, continuaba acudiendo al panteón. Ricardo León se movilizaba en una silla de ruedas. La última vez que se le vio en público, fue el sábado anterior, durante la inauguración del Bulevar del Cementerio de Tulcán. Allegados, cuentan que la muerte del artista Benigno Franco, responsable de cuidar las escultura en verde del cementerio tulcaneño, afectó a este virtuoso de la fotografía. Con él (Benigno Franco) compartieron una gran parte de la vida en ese lugar, asegura el ex alcalde Velasco.

Fuente: http://www.elcomercio.com/actualidad/murio-ricardo-leon-fotografo-custodio.html

lunes, 1 de septiembre de 2014

Albéric Magnard - Canto Fúnebre




Por  Samuel Máynes Champion

 Baron-sur-Oise, Francia (Proceso).-Transcurrida una centuria de las primeras estelas de muerte que dejó la Primera Guerra Mundial, la visita a esta pequeña localidad se nos impone como un deber de la memoria. Desde este lugar ha de partir la evocación que le dará sentido a conmemorar una fecha que aún no tiene énfasis calendárico. Así, pretendemos recordar la gesta heroica de un compositor que perdió la vida inmolado por la locura bélica, precisamente aquí, en el apogeo de su madurez artística. En breve, el personaje contaba 49 años de edad y su producción musical ‒con un magro corpus de 22 obras‒ apenas había empezado a desembarazarse de su furiosa autocrítica…

Iniciemos, pues, el recorrido en aras de desvelar los avatares existenciales de este ser humano excepcional a quien la desmemoria ha colocado en un limbo oscuro que dista mucho del sitial de honor que le correspondería por los méritos de su obra y los rasgos volitivos de su personalidad. “Ah! hombres olvidados ‒como escribiera Bossuet‒ si pasaran algunos años después de su muerte y debieran volver a este mundo, regresarían de inmediato a su tumba para no ver su reputación carcomida y su memoria borrada entre sus amigos, sus subalternos y, peor aún, entre sus propios herederos!”

Un camino sinuoso rodeado por bosques de encino y parcelas de remolacha precede el arribo al minúsculo poblado y la única información disponible para localizar la morada que nos interesa es el nombre: sabemos que habitó una “Mansión de las Fuentes”. Varios vecinos interpelados contestan que no saben de quién se trata y que tampoco han escuchado el apelativo de la residencia. En el centro del pueblo ‒que no supera los mil habitantes‒ se levanta un obelisco a los defensores de la patria caídos en la Gran Guerra y en la lista esculpida sobre la piedra no hay nadie que corresponda. Por ser domingo, el Ayuntamiento está cerrado y, al parecer, el párroco de Iglesia está de vacaciones. Con una sensación de creciente futilidad, el deambular por las pocas cuadras de la retícula urbana amenaza con caer en el reproche.

A punto de abandonar el cometido, un anciano afable recuerda que sí hubo un músico que pereció aquí y que su vivienda se situaba en los linderos del pueblo, hacia el lado donde nace el manantial. Una vez recalados ante la fachada leemos: “Albéric Magnard, compositor de música. Nacido el 9 de junio de 1865 en París. Muerto el 3 de septiembre de 1914. Fusilado y quemado dentro de su casa por los alemanes al querer defenderla.” Y como corolario de la placa se cita un verso que le dedicó Ronstand: “Aquel que se rebela a la traición / y que prefiere musas a Walkirias, / ha defendido su arte contra la barbarie/ y debe morir así, defendiendo su mansión.

A pesar de que el entorno natural se preserva intacto, no hay semejanza entre la residencia originaria y la construcción actual. El enorme jardín se fraccionó y ninguno de los nuevos residentes está disponible para darnos más datos. Hemos entonces de recurrir a las inferencias que nos proporciona su biografía, de manera que se entienda la decisión de ofrendarle la existencia a una causa que, de antemano, se sabía suicida.

El compositor vio la luz en un hogar ensombrecido por la tiranía. Su padre fue un exitoso periodista que no tuvo empacho en imponer los excesos que le vinieron en gana. Como director de Le Figaro ‒el periódico con tiraje nacional más viejo de Francia‒ Francis Magnard sumó sus aciertos editoriales a los de su inventiva literaria. Gracias a su mediación, por ejemplo, Mallarmé tuvo una vía de acceso con sus primeros lectores y Verlaine obtuvo muchas adhesiones. Sin embargo, en la intimidad, el señor director proseguía con las órdenes sin réplica y demandaba pleitesía continua, tanto de su abnegada consorte como de su único hijo. El niño viviría agradeciendo las amargas delicias de su filiación con un hombre prominente que siempre tenía la razón.

Con esa tónica familiar no debe sorprendernos la decisión de la señora Magnard de acabar con su suplicio marital. En la mañana del 2 de abril de 1869, después de unas semanas de acusar trastornos y silencios, la mujer besó a su crío con una intensidad extraña y se dirigió a una ventana para lanzarse al vacío. Albéric escuchó el grito y el golpe sordo sobre el pavimento pero no lo dejaron bajar las escaleras. Con sólo cuatro años de edad recibió el primer arañazo de un dolor que lo marcaría para siempre.

El resto de su mocedad resintió la ausencia paterna y los falsos cuidados de la madrastra que apareció después de la tragedia. Como todo niño bien, comenzó pronto sus lecciones de piano con el mejor maestro del momento, sin que importara mucho su desempeño ante las teclas. Para su padre, el aprendizaje de la música no podía considerarse como una profesión respetable. Tenía reservada la carrera de leyes y no había discusión al respecto. Al concluir la adolescencia, con la voluntad todavía amordazada, tuvo un destello de hombría y se enroló en el Ejército, creyendo que eso lo ayudaría a cerrar las fisuras de su carácter. Algo consiguió, ya que durante un viaje por Alemania escuchó una ópera de Wagner decidiendo por sí mismo que su vocación estaba en la música. No obstante, tuvo los tamaños para recibirse de abogado al tiempo que se inscribía en el Conservatorio. Estudió con Massenet y después de obtener el premio de armonía solicitó la guía de D´Indy en la Schola Cantorum, donde obtuvo su título. Para celebrar la relación con su último maestro escribió su primera sinfonía.

En los años siguientes, habiendo doblegado la cerrazón paterna, empezó a colegir notas periodísticas para Le Figaro y compuso su primera ópera empero, tachaba más de lo que lograba plasmar en el papel. Más adelante confesaría: “Todo lo que escribo me disgusta cada día más. Sufro cruelmente la fantástica distancia entre lo que hago y lo que quisiera hacer”. En cuanto a la temática de sus artículos, siempre enarboló las causas justas como la emancipación de la mujer ‒sería uno de sus defensores más tenaces‒ y rara vez atenuó la crítica acerba a los mediocres con poder y, sobra decirlo, eso sería un agravante para la difusión de su música, antes y después de muerto.

Cuando advino el deceso de su padre sintió que sus grilletes emocionales se liberaban y que era menos áspera la relación con su obra. Vinieron tres sinfonías más,[1] la última de ellas dedicada a la Unión de Mujeres Profesoras y Compositoras de Música y algunas sonatas. Sintomáticamente, el proceso de su liberación interna le dio cabida al matrimonio, eligiendo como compañera a una mujer que su padre habría reprobado. Provenía del lumpen y ya tenía un hijo bastardo. En los primeros años de su unión conyugal estalló el escándalo del caso Dreyfus y, naturalmente, Albéric se puso del lado de la razón jurídica, aunque eso le acarreara más enemistades. Al quedar de manifiesto las porquerías de la casta militar ‒no obstante la evidencia a su favor, el capitán Dreyfus volvió a recibir una condena‒ se dio de baja del ejército y escribió la letra y la música de un Himno a la Justicia.

Asqueado de la sociedad y ya sin su trabajo periodístico, huyó de París para refugiarse, con su mujer, el hijo de ésta y sus dos niñas ‒una de tres años y otra recién nacida‒ en el lugar donde se gestaría la desgracia. Era el año de 1904. En la placidez de la campiña, despojado de los afanes en pos del reconocimiento, inició la reconciliación con su propia vida. Haría acopio de su talento y de los bienes de su heredad para montar una mansión llena de libros, de obras de arte, de fuentes y de bellezas naturales. En sus jardines sus hijas jugarían sin descanso y viéndolas crecer él compondría música con la abnegación de un ermitaño. Tristemente, ya no le quedaría mucho tiempo. Cuando se desató la conflagración bélica y las tropas germanas invadieron Francia, Albéríc no dudó en mandar a su familia a un lugar seguro. No bastaron los llantos ni las súplicas, él no iba a dejar que profanaran su hogar. La mañana en que los primeros soldados allanaron su propiedad, Albéric se irguió para hacerles frente. Los balazos salidos de su pistola mataron a dos alemanes y eso fue suficiente para emprender un castigo ejemplar. Primero el fusilamiento y luego el fuego. Antes que rendirse, Albéric prefirió morir calcinado entre sus libros y sus partituras. Quizá intuyó que los frutos de su inspiración no dejarían nunca de florecer dentro de los ensangrentados campos de la esperanza y la fraternidad humana…

Fuente:  http://www.proceso.com.mx/?p=380921

lunes, 18 de agosto de 2014

Sonata fúnebre para Virginia Woolf



Por  Ángela Martin Laiton 




Entran los violines, suaves, irrevocables, precisos en cada toque, en cada cuerda, con la decisión de una mujer que transgredió la literatura en un contexto histórico en que la escritura femenina era un pasatiempo y no una profesión. Toman fuerza los violines, parece que danzan en la habitación propia de Virginia Woolf, esa que manifestó abiertamente necesitar para explorar la conciencia de un día en la vida de la señora Dalloway. Tanta desesperación junta, toda la explosión del sentir de las mujeres a través de la vida en el retrato de lo que fuera un día, un instante.
Cae la señora Woolf absorta en sus pensamientos, en cada una de las reflexiones diarias que le daba a la armonía de sus textos, danzando en una realidad burguesa que ninguna de sus seguidoras pretendemos negar. Danza, danza, Virginia Woolf, en el círculo de Bloomsbury, con la crítica mordaz a la religión y la ideología que se pretendía liberal en el contexto.
“Buenas noches, buenas noches. ¿Va en esta dirección? —Lo siento, voy en la otra”, nos dice en el cuarteto de cuerdas después de perderse en el éxtasis de la música y recrear la vida en los respiros que se dan mientras suenan los violines de fondo. Va viajando en la experiencia estética que es para Adeline el arte, y en medio de su ingenio nos deja este cuento donde casi, casi puedes ir escuchando cómo sube o baja el ritmo, cómo se precipita el sonido en las letras que va componiendo la escritora.
La música era el principio y la perfección de las artes para Woolf. En una de sus cartas afirmó abiertamente: “Siempre pienso mis libros como música antes de escribirlos”, y no es casualidad que en cuentos como el que menciono anteriormente nos describiera la percepción tan apasionada e íntima que tenía de la música. A Virginia Woolf le atribuyen el gusto por Mozart, su afinidad con las óperas de este compositor, y hasta el encuentro de una de sus obras cúspides como Las olas con La flauta mágica.
A Virginia Woolf la conocí en Una habitación propia. Me caló los huesos la elegancia un poco sórdida con la que hablaba de lo que significa hacer literatura siendo mujer, la humillación que sufre cuando le impiden entrar en una biblioteca por no ir acompañada de un hombre, la ira con la que se refugia en la entrada de una capilla y piensa en los espacios a los que relegaron a las mujeres por miedo a sus impulsos impúdicos, “incluso la tristeza del cristianismo, en aquel ambiente sereno, se asemejaba más al recuerdo de la tristeza que a la propia tristeza”.
Se abren los violines en una tonada desesperada, intranquila, rápida. Pretenden llevarse toda la miseria de la guerra y los miedos con los que vive la gente en medio de ella, esa guerra que le tocó vivir a la señora Woolf en un siglo en el que todos nos despedazamos con todos. La trataron de loca por sus depresiones y ella sólo pudo huir de sí misma y de la gente con la obsesión de su escritura; una y otra vez pensaba con milimétrica medida los detalles que destacan sus obras.
A Virginia Woolf la conocí una tarde en medio de la tristeza cuando di con sus textos, con su sentir mujer que muchas proclamamos feminismo. A Adeline Virginia Stephen (Woolf) la conocí en un texto que dejó a su esposo cuando los violines en su cabeza pararon de sonar. Woolf revisó sus más de 27 diarios y descubrió que el asco a la guerra, a la estupidez humana y a veces a la vida misma la estaba dejando sin letras. Vio con asombro cómo voces y voces invadían su cabeza sin que ella tuviera a mano la única arma que la había mantenido viva: las letras.
La veo entonces caminar hacia el río poniendo pacientemente piedritas en sus bolsillos, una por Las olas y la soledad de sus seis personajes; otra por aquella escena del Dreadnought hoax, mientras piensa en lo guapa que se veía con barba y ropa de príncipe abisinio: va una piedra más por sus amores lésbicos y la pasión que le despertaban las mujeres, piensa entonces en su paso por el amor y lentamente pone unas cuantas por Leonard Woolf, porque como se lo dijo en la última carta, le debía toda su felicidad a él: “Todo el mundo lo sabe. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo”. Sigue caminando absorta en sus recuerdos, en sus pensamientos. Unas piedritas por la literatura, por las letras, por el sentido artístico de la vida. Entra al río la bella Virginia Woolf sin perder los violines que en su cabeza van dando lentos toques fúnebres. Después, el silencio.
Fuente:  http://www.elespectador.com/noticias/cultura/sonata-funebre-virginia-woolf-articulo-510738