El 18 de septiembre
del 2 014, falleció Ricardo León, fotógrafo que laboraba en el cementerio José
María Azael Franco Guerrero, de Tulcán, provincia del Carchi, en el norte de
Ecuador. Conocido como Gordo Richard o Cinturita, el artesano de 68 años de
edad, dejó de existir tras una insuficiencia cardiaca. Aunque nació en Quito,
capital del Ecuador, se radicó en Tulcán, desde que tenía 22 años. Poco a poco
se convirtió en uno de los personajes más conocidos de esta urbe fronteriza con
Colombia. En 1994 fue nominado Rey Feo, superando a destacados deportistas,
artistas y políticos locales.Según el exalcalde de Tulcán, Pedro Velasco,
Ricardo fue el custodio del camposanto durante 34 años. Ahí era común ver al
fotógrafo de ojos azules, figura gruesa y bigotes canosos, con la cámara lista
para realizar retratos a los turistas. Javier Yapud, presidente de la
Asociación de Fotógrafos del Carchi, comenta que León deja un legado al gremio
de fotógrafos. “Las imágenes que él plasmó, retratan la historia de Tulcán, el
Carchi y la frontera”. Muchos carchenses lamentaron la muerte de este personaje
alegre, amable, generoso y solidario. En Tulcán recuerdan que durante la
Navidad solía disfrazarse de Papa Noel, con el objeto de llegar alegran a los
infantes y adolescentes. En los últimos 15 años, pese a que no podía caminar
por un desgaste óseo de la cadera, continuaba acudiendo al panteón. Ricardo
León se movilizaba en una silla de ruedas. La última vez que se le vio en
público, fue el sábado anterior, durante la inauguración del Bulevar del
Cementerio de Tulcán. Allegados, cuentan que la muerte del artista Benigno
Franco, responsable de cuidar las escultura en verde del cementerio tulcaneño,
afectó a este virtuoso de la fotografía. Con él (Benigno Franco) compartieron
una gran parte de la vida en ese lugar, asegura el ex alcalde Velasco.
Baron-sur-Oise, Francia
(Proceso).-Transcurrida una centuria de las primeras estelas de muerte que dejó
la Primera Guerra Mundial, la visita a esta pequeña localidad se nos impone
como un deber de la memoria. Desde este lugar ha de partir la evocación que le
dará sentido a conmemorar una fecha que aún no tiene énfasis calendárico. Así,
pretendemos recordar la gesta heroica de un compositor que perdió la vida
inmolado por la locura bélica, precisamente aquí, en el apogeo de su madurez
artística. En breve, el personaje contaba 49 años de edad y su producción
musical ‒con un magro corpus de 22 obras‒ apenas había empezado a
desembarazarse de su furiosa autocrítica…
Iniciemos,
pues, el recorrido en aras de desvelar los avatares existenciales de este ser
humano excepcional a quien la desmemoria ha colocado en un limbo oscuro que
dista mucho del sitial de honor que le correspondería por los méritos de su
obra y los rasgos volitivos de su personalidad. “Ah! hombres olvidados ‒como
escribiera Bossuet‒ si pasaran algunos años después de su muerte y debieran
volver a este mundo, regresarían de inmediato a su tumba para no ver su
reputación carcomida y su memoria borrada entre sus amigos, sus subalternos y,
peor aún, entre sus propios herederos!”
Un
camino sinuoso rodeado por bosques de encino y parcelas de remolacha precede el
arribo al minúsculo poblado y la única información disponible para localizar la
morada que nos interesa es el nombre: sabemos que habitó una “Mansión de las
Fuentes”. Varios vecinos interpelados contestan que no saben de quién se trata
y que tampoco han escuchado el apelativo de la residencia. En el centro del
pueblo ‒que no supera los mil habitantes‒ se levanta un obelisco a los
defensores de la patria caídos en la Gran Guerra y en la lista esculpida sobre
la piedra no hay nadie que corresponda. Por ser domingo, el Ayuntamiento está
cerrado y, al parecer, el párroco de Iglesia está de vacaciones. Con una
sensación de creciente futilidad, el deambular por las pocas cuadras de la
retícula urbana amenaza con caer en el reproche.
A
punto de abandonar el cometido, un anciano afable recuerda que sí hubo un músico
que pereció aquí y que su vivienda se situaba en los linderos del pueblo, hacia
el lado donde nace el manantial. Una vez recalados ante la fachada leemos:
“Albéric Magnard, compositor de música. Nacido el 9 de junio de 1865 en París.
Muerto el 3 de septiembre de 1914. Fusilado y quemado dentro de su casa por los
alemanes al querer defenderla.” Y como corolario de la placa se cita un verso
que le dedicó Ronstand: “Aquel que se rebela a la traición / y que prefiere
musas a Walkirias, / ha defendido su arte contra la barbarie/ y debe morir así,
defendiendo su mansión.
A
pesar de que el entorno natural se preserva intacto, no hay semejanza entre la
residencia originaria y la construcción actual. El enorme jardín se fraccionó y
ninguno de los nuevos residentes está disponible para darnos más datos. Hemos
entonces de recurrir a las inferencias que nos proporciona su biografía, de
manera que se entienda la decisión de ofrendarle la existencia a una causa que,
de antemano, se sabía suicida.
El
compositor vio la luz en un hogar ensombrecido por la tiranía. Su padre fue un
exitoso periodista que no tuvo empacho en imponer los excesos que le vinieron
en gana. Como director de Le Figaro ‒el periódico con tiraje nacional más viejo
de Francia‒ Francis Magnard sumó sus aciertos editoriales a los de su inventiva
literaria. Gracias a su mediación, por ejemplo, Mallarmé tuvo una vía de acceso
con sus primeros lectores y Verlaine obtuvo muchas adhesiones. Sin embargo, en
la intimidad, el señor director proseguía con las órdenes sin réplica y
demandaba pleitesía continua, tanto de su abnegada consorte como de su único
hijo. El niño viviría agradeciendo las amargas delicias de su filiación con un
hombre prominente que siempre tenía la razón.
Con
esa tónica familiar no debe sorprendernos la decisión de la señora Magnard de
acabar con su suplicio marital. En la mañana del 2 de abril de 1869, después de
unas semanas de acusar trastornos y silencios, la mujer besó a su crío con una
intensidad extraña y se dirigió a una ventana para lanzarse al vacío. Albéric
escuchó el grito y el golpe sordo sobre el pavimento pero no lo dejaron bajar
las escaleras. Con sólo cuatro años de edad recibió el primer arañazo de un
dolor que lo marcaría para siempre.
El
resto de su mocedad resintió la ausencia paterna y los falsos cuidados de la
madrastra que apareció después de la tragedia. Como todo niño bien, comenzó
pronto sus lecciones de piano con el mejor maestro del momento, sin que
importara mucho su desempeño ante las teclas. Para su padre, el aprendizaje de
la música no podía considerarse como una profesión respetable. Tenía reservada
la carrera de leyes y no había discusión al respecto. Al concluir la
adolescencia, con la voluntad todavía amordazada, tuvo un destello de hombría y
se enroló en el Ejército, creyendo que eso lo ayudaría a cerrar las fisuras de
su carácter. Algo consiguió, ya que durante un viaje por Alemania escuchó una
ópera de Wagner decidiendo por sí mismo que su vocación estaba en la música. No
obstante, tuvo los tamaños para recibirse de abogado al tiempo que se inscribía
en el Conservatorio. Estudió con Massenet y después de obtener el premio de
armonía solicitó la guía de D´Indy en la Schola Cantorum, donde obtuvo su
título. Para celebrar la relación con su último maestro escribió su primera
sinfonía.
En
los años siguientes, habiendo doblegado la cerrazón paterna, empezó a colegir
notas periodísticas para Le Figaro y compuso su primera ópera empero, tachaba
más de lo que lograba plasmar en el papel. Más adelante confesaría: “Todo lo
que escribo me disgusta cada día más. Sufro cruelmente la fantástica distancia
entre lo que hago y lo que quisiera hacer”. En cuanto a la temática de sus
artículos, siempre enarboló las causas justas como la emancipación de la mujer
‒sería uno de sus defensores más tenaces‒ y rara vez atenuó la crítica acerba a
los mediocres con poder y, sobra decirlo, eso sería un agravante para la
difusión de su música, antes y después de muerto.
Cuando
advino el deceso de su padre sintió que sus grilletes emocionales se liberaban
y que era menos áspera la relación con su obra. Vinieron tres sinfonías más,[1]
la última de ellas dedicada a la Unión de Mujeres Profesoras y Compositoras de
Música y algunas sonatas. Sintomáticamente, el proceso de su liberación interna
le dio cabida al matrimonio, eligiendo como compañera a una mujer que su padre
habría reprobado. Provenía del lumpen y ya tenía un hijo bastardo. En los
primeros años de su unión conyugal estalló el escándalo del caso Dreyfus y,
naturalmente, Albéric se puso del lado de la razón jurídica, aunque eso le
acarreara más enemistades. Al quedar de manifiesto las porquerías de la casta
militar ‒no obstante la evidencia a su favor, el capitán Dreyfus volvió a
recibir una condena‒ se dio de baja del ejército y escribió la letra y la
música de un Himno a la Justicia.
Asqueado
de la sociedad y ya sin su trabajo periodístico, huyó de París para refugiarse,
con su mujer, el hijo de ésta y sus dos niñas ‒una de tres años y otra recién
nacida‒ en el lugar donde se gestaría la desgracia. Era el año de 1904. En la
placidez de la campiña, despojado de los afanes en pos del reconocimiento,
inició la reconciliación con su propia vida. Haría acopio de su talento y de
los bienes de su heredad para montar una mansión llena de libros, de obras de
arte, de fuentes y de bellezas naturales. En sus jardines sus hijas jugarían
sin descanso y viéndolas crecer él compondría música con la abnegación de un
ermitaño. Tristemente, ya no le quedaría mucho tiempo. Cuando se desató la
conflagración bélica y las tropas germanas invadieron Francia, Albéríc no dudó
en mandar a su familia a un lugar seguro. No bastaron los llantos ni las
súplicas, él no iba a dejar que profanaran su hogar. La mañana en que los
primeros soldados allanaron su propiedad, Albéric se irguió para hacerles
frente. Los balazos salidos de su pistola mataron a dos alemanes y eso fue
suficiente para emprender un castigo ejemplar. Primero el fusilamiento y luego
el fuego. Antes que rendirse, Albéric prefirió morir calcinado entre sus libros
y sus partituras. Quizá intuyó que los frutos de su inspiración no dejarían
nunca de florecer dentro de los ensangrentados campos de la esperanza y la
fraternidad humana…
Entran
los violines, suaves, irrevocables, precisos en cada toque, en cada cuerda, con
la decisión de una mujer que transgredió la literatura en un contexto histórico
en que la escritura femenina era un pasatiempo y no una profesión. Toman fuerza
los violines, parece que danzan en la habitación propia de Virginia Woolf, esa
que manifestó abiertamente necesitar para explorar la conciencia de un día en
la vida de la señora Dalloway. Tanta desesperación junta, toda la explosión del
sentir de las mujeres a través de la vida en el retrato de lo que fuera un día,
un instante.
Cae
la señora Woolf absorta en sus pensamientos, en cada una de las reflexiones
diarias que le daba a la armonía de sus textos, danzando en una realidad
burguesa que ninguna de sus seguidoras pretendemos negar. Danza, danza,
Virginia Woolf, en el círculo de Bloomsbury, con la crítica mordaz a la
religión y la ideología que se pretendía liberal en el contexto.
“Buenas
noches, buenas noches. ¿Va en esta dirección? —Lo siento, voy en la otra”, nos
dice en el cuarteto de cuerdas después de perderse en el éxtasis de la música y
recrear la vida en los respiros que se dan mientras suenan los violines de
fondo. Va viajando en la experiencia estética que es para Adeline el arte, y en
medio de su ingenio nos deja este cuento donde casi, casi puedes ir escuchando
cómo sube o baja el ritmo, cómo se precipita el sonido en las letras que va
componiendo la escritora.
La
música era el principio y la perfección de las artes para Woolf. En una de sus
cartas afirmó abiertamente: “Siempre pienso mis libros como música antes de
escribirlos”, y no es casualidad que en cuentos como el que menciono
anteriormente nos describiera la percepción tan apasionada e íntima que tenía
de la música. A Virginia Woolf le atribuyen el gusto por Mozart, su afinidad
con las óperas de este compositor, y hasta el encuentro de una de sus obras
cúspides como Las olas con La flauta mágica.
A
Virginia Woolf la conocí en Una habitación propia. Me caló los huesos la
elegancia un poco sórdida con la que hablaba de lo que significa hacer
literatura siendo mujer, la humillación que sufre cuando le impiden entrar en
una biblioteca por no ir acompañada de un hombre, la ira con la que se refugia
en la entrada de una capilla y piensa en los espacios a los que relegaron a las
mujeres por miedo a sus impulsos impúdicos, “incluso la tristeza del
cristianismo, en aquel ambiente sereno, se asemejaba más al recuerdo de la tristeza
que a la propia tristeza”.
Se
abren los violines en una tonada desesperada, intranquila, rápida. Pretenden
llevarse toda la miseria de la guerra y los miedos con los que vive la gente en
medio de ella, esa guerra que le tocó vivir a la señora Woolf en un siglo en el
que todos nos despedazamos con todos. La trataron de loca por sus depresiones y
ella sólo pudo huir de sí misma y de la gente con la obsesión de su escritura;
una y otra vez pensaba con milimétrica medida los detalles que destacan sus
obras.
A
Virginia Woolf la conocí una tarde en medio de la tristeza cuando di con sus
textos, con su sentir mujer que muchas proclamamos feminismo. A Adeline
Virginia Stephen (Woolf) la conocí en un texto que dejó a su esposo cuando los
violines en su cabeza pararon de sonar. Woolf revisó sus más de 27 diarios y
descubrió que el asco a la guerra, a la estupidez humana y a veces a la vida
misma la estaba dejando sin letras. Vio con asombro cómo voces y voces invadían
su cabeza sin que ella tuviera a mano la única arma que la había mantenido
viva: las letras.
La
veo entonces caminar hacia el río poniendo pacientemente piedritas en sus
bolsillos, una por Las olas y la soledad de sus seis personajes; otra por
aquella escena del Dreadnought hoax, mientras piensa en lo guapa que se veía
con barba y ropa de príncipe abisinio: va una piedra más por sus amores
lésbicos y la pasión que le despertaban las mujeres, piensa entonces en su paso
por el amor y lentamente pone unas cuantas por Leonard Woolf, porque como se lo
dijo en la última carta, le debía toda su felicidad a él: “Todo el mundo lo
sabe. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido
excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más
tiempo. No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido
tú y yo”. Sigue caminando absorta en sus recuerdos, en sus pensamientos. Unas
piedritas por la literatura, por las letras, por el sentido artístico de la
vida. Entra al río la bella Virginia Woolf sin perder los violines que en su
cabeza van dando lentos toques fúnebres. Después, el silencio.