martes, 26 de mayo de 2015

Halifax: La ciudad que se convirtió en un cementerio de las víctimas del Titanic




Por Carina Almarza

Todos conocemos la llamativa historia del Titanic, el transatlántico que destacó por ser uno de los más grandes y lujosos de la época. Sus finos tapices, inigualable comodidad y renombre, no fueron suficientes para evitar que el “inhundible” tuviera un fatal desenlace en las frías aguas del Atlántico.
Fue en ese entonces la desconocida ciudad de Halifax, capital de la provincia de Nueva Escocia en Canadá, la que tuvo un papel fundamental en la historia de quienes resultaron ser las víctimas del barco que prometía alcanzar fama mundial.
Gracias a que la localidad se encontraba a 1.100 kilómetros al oeste desde donde el Titanic chocó contra el iceberg, es que fue posible albergar las docenas de cadáveres que lograron llegar a tierra firme, pese a que otros no tuvieron la misma suerte.
El rescate de los cuerpos
A eso de las 2:20 de la madrugada del 15 de abril el trasatlántico se dividió, dejando a una gran cantidad de personas en el océano, cuyas voces no paraban de suplicar el regreso de los cerca de 22 botes que albergaban sólo a aquellos de la clase alta -entre mujeres y niños que tenían la preferencia-.
El frío y el cansancio poco a poco fueron consumiendo las pocas energías de quienes se aferraban a la vida. En cuestión de horas aquellos que clamaban por un rescate, lentamente fueron sucumbiendo ante la adversidad del clima.
La compañía White Star, dueña del Titanic, luego de percatarse del desolador panorama, decidieron enviar algunos barcos con la tarea de rastrear la zona del naufragio y rescatarse cadáveres.
Posible iceberg que habría impactado al Titanic
La primera expedición estuvo a cargo de la máquina canadiense, MacKay-Bennett. Luego de algunas horas de ocurrida la tragedia, el barco navegó con destino al lugar del accidente. Poco a poco quienes iban a bordo del buque comenzaron a percatarse de la magnitud del hecho. En el horizonte lograron divisar numeroso puntos blancos.
Más adelante el panorama era aún peor, ex tripulantes yacían congelados flotando en la inmensidad del mar, algunos con chalecos salvavidas, otros con la piel morada producto de los golpes, brazos y cráneos fracturados, mientras que el resto permanecía aferrado a algunos restos del Titanic.
Pese a que el Bennett iba preparado con un sacerdote, un médico, un equipo de embalsamamiento, 100 ataúdes y bolsas de lona para trasladar los cuerpos, todo ello no fue suficiente con la gran cantidad de fallecidos que había en el lugar.
Si bien lograron rescatar 306 cadáveres, pronto el líquido utilizado para embalsamar los restos se fue acabando. Luego de realizar la correspondiente ceremonia fúnebre al interior de la nave, 116 cuerpos -los que se encontraban en peores condiciones- fueron nuevamente enviados al fondo del mar.
Un segundo buque, el Minia, navegó también por la zona pero no tuvo la misma suerte del primer barco. Logró rescatar 17 cadáveres, mientras que una tercera nave, el Montmagny, sólo encontró 4. El clima, las corrientes marinas y el paso de los días complicaron las labores de búsqueda.



 
Los habitantes de Halifax instalaron numerosas banderas negras y moradas en todas las viviendas y edificios públicos mostrando su pesar tras la dura realidad. Pronto la noticia respecto al rescate traspasó el continente, situación ante la cual la localidad se repletó de familiares que intentaban dar con el paradero de algunos desaparecidos, curiosos y la prensa.
Los cuerpos -que venían dentro de ataúdes y bolsas- fueron arrastrados por caballos por la ciudad, improvisando una especie de morgue hasta donde trasladaron los restos, pese a que sólo se trataba de la pista de hielo Mayflower Curling. Fue allí donde se intentaba identificar a las víctimas utilizando una forma muy peculiar debido a que no se tenían mayores antecedentes de sus grupos familiares.
Blusas, faldas, enaguas, joyas y zapatos sirvieron para describir a cada ex tripulante, colocando sus efectos personales en bolsas de lona, además de un número con la esperanza de que algún día alguien pudiese reconocerle.
Cementerio de Fairview Lawn
Fairview Lawn Cementery
Gracias a que algunos poseían grabados en sus joyas o vestimentas, fue posible identificar a un total de 101 pasajeros, la mayoría de la primera o segunda clase. En tanto, al 25% restante -que no había reconocido- se le escribían reseñas como: “Probablemente italiana; llevaba dos blusas verdes de algodón, una falda verde de algodón, enaguas a rayas; nada más para identificarla”.
Un total de 150 cadáveres fueron llevados hasta el cementerio de Fairview Lawn, campo santo que levantó lápidas de piedra gris en recuerdo a las víctimas del Titanic.
Fue EW Christie quien ideó instalar en filas las tumbas siguiendo una suave línea por el campo, coincidentemente la curva de los sepulcros sugieren el contorno de la proa de un barco, hecho que sin duda llamó la atención de los numerosos visitantes que cada año llegan hasta el lugar sagrado para conocer un poco más sobre la tragedia del Titanic.
Algunas lápidas destacan por sus escritos y algunos adornos en el exterior, precisamente éstas corresponden a familias más adineradas, mientras que las que jamás fueron identificadas, sólo poseen la fecha de muerte.

El niño desconocido
La tumba del "niño desconocido"
Pese a que todas las tumbas son parecidas, existe un monolito en especial que ha desencadenado a través de los años la curiosidad de los visitantes. Se trata de la tumba del “niño desconocido”.  
Cuando el primer barco canadiense se encontraba surcando las aguas en la búsqueda de cuerpos, los tripulantes del Mackay-Bennet vieron una silueta que les llamó profundamente la atención. Se trataba de un lactante quien se encontraba completamente congelado pese a que llevaba cuatro capas de ropa. El frío no había perdonado ni a los más indefensos.
Conmovidos por el hallazgo decidieron reunir dinero y fueron los propios marinos del buque quienes pagaron su entierro. Su tumba permaneció cerca de 100 años con el rótulo “el niño desconocido”.
Pero previo a su entierro, el menor fue trasladado hasta la pista de patinaje que improvisó una morgue, lugar que era custodiado por el policía Clarence Northover. Luego de cuidar el lugar por varios días, a modo de evitar infecciones a raíz de los restos además de los posible robos de las pertenencias de los fallecidos, se le ordenó quemar la ropa. Fue en ese momento que encontró unos pequeños zapatos cafés que correspondía al lactante de 19 semanas que había sido encontrado por los marinos.
Zapatos del "niño desconocido"
Northover se negó a quemar dichas prendas del menor y decidió mantenerlas en su oficina. Con el paso de los años y cuando llegó el momento de jubilarse, se llevó los pequeños zapatos hasta su viviendas, traspasando este importante legado por generaciones.
Lo que precisamente en ese tiempo no se sabía es que este “tesoro” sería de vital importancia un siglo más tarde para esclarecer la identidad del pequeño fallecido.
Luego de realizar en 2007 algunas pruebas más exactas de ADN, finalmente se logró esclarecer que los restos pertenecían a Sidney Leslie Goodwin, quien viajaba junto su padre Fredericks Goodwin  y su madre Augusta, además de sus cinco hermanos Lillian, Charles, William, Jessie y Harold, hacia Estados Unidos en busca del sueño americano. Lamentablemente ninguno de ellos sobrevivió.
El niño desconocido se convirtió en una leyenda en Halifax, siendo una de las tumbas más visitadas por los turistas que llegan hasta la localidad.
La clase social también marcó la muerte
Durante el siglo XIX sin duda se vivía una realidad donde las clases sociales predominaban por sobre otras cosas. Claro ejemplo fueron los diversos compartimientos construidos en el Titanic, donde ninguna escalera de la primera clase se topaba con los de la tercera.
Esta también fue una poderosa razón que llevó a los más acomodados a lograr tener acceso a la parte alta del barco, obtener chalecos salvavidas y poder optar a subirse a uno de los 22 botes disponibles para la emergencia, esto a diferencia de quienes se encontraban en los últimos escaños, siendo condenados a morir.
De acuerdo a lo estipulado por la comisión de investigación del Senado de Estados Unidos, a bordo del Titanic viajaban en total 2.223 personas, de ellas 706 se salvaron mientras que los otros 1.517 fallecieron congelados o ahogados. Respecto a los que perecieron, 130 eran de la primera clase, 166 de segunda y 536 de tercera clase.
Al momento de enterrar los cuerpos encontrados flotando en el mar, la clase social también primó. Muchos restos fueron devueltos al océano al no lograr identificarlos, otros fueron sepultados en bolsas de lona, mientras que los que corrieron mejor suerte fueron aquellos cuyas pertenencias permitían atribuir su identidad, siendo enterrados en un ataúd.
Pero más allá del tipo de sepultura a la que se pudo acceder, lo cierto es que ricos y pobres se vieron inmersos en una historia que traspasó las fronteras y que se mantiene hasta nuestros días. Si bien sus creadores apuntaban que “ni Dios podría hundir al Titanic”, el barco finalmente se convirtió en una leyenda, aquella que condujo hasta la muerte a miles de personas, siendo una de las mayores tragedias marinas en tiempos de paz.

Se avecina un “cementerio flotante” en el sudeste de Asia



Por Mónica G Prieto
Entre 6.000 y 10.000 inmigrantes y refugiados rohingya y bangladeshíes, a la deriva en el sureste asiático tras la campaña contra el tráfico humano lanzada por las autoridades tailandesas. Indonesia, Tailandia y Malasia han decidido expulsar a los barcos de sus costas, abandonando a su suerte barcos cargados de personas sin agua ni alimentos. Muchos traficantes están abandonando sus barcos, con sus ocupantes a bordo, para evitar ser detenidos.

En las imágenes se ven familias enteras a bordo de barcazas de madera, anegadas por el oleaje y la lluvia. Padres llorosos e impotentes con niños aterrados y demacrados que parecen amontonados, sin apenas espacio para moverse, que viajan hacinados en endebles embarcaciones donde se agotan las reservas de alimentos y agua potable, soportando las altas temperaturas sin destino fijo. Partieron hace dos meses con destino a Malasia pero hace varios días la tripulación abandonó el barco a nado, para evitar ser detenidos. De las costas malasias fueron rechazados, como les ocurrió en las aguas territoriales tailandesas. Hoy, los pasajeros beben su propia orina y lanzan por la borda los cadáveres de aquellos que no superan la travesía. A gritos, contaban a los periodistas que se acercaron a ellos que ya llevan 10 muertos.

Hablamos sólo de un barco con 350 pasajeros pero son miles los refugiados e inmigrantes que, en estos momentos, pasan por la espeluznante experiencia de haber sido abandonados en alta mar y que se enfrentan a una muerte segura si nadie les rescata. No se trata del Mediterráneo sino de la Bahía de Bengali y el estrecho de Malacca, entre el Pacífico y el Indico. Es allí donde unas 6.000 personas, según las estimaciones más conservadoras, y 10.000 según las más alarmistas corren el riesgo de morir de hambre y sed o, simplemente, de ahogarse después de que las autoridades de Malasia, Tailandia e Indonesia hayan anunciado que rechazarán toda embarcación que se acerque a sus costas. “No dejaremos que se acerque ningún barco extranjero salvo que se esté hundiendo”, ha anunciado el responsable de la agencia marítima malasia, Tan Kok Kwee. “En caso contrario, les entregaremos provisiones y les obligaremos a marcharse”. La postura es similar a la adoptada por Indonesia. “No deberían haber entrado en aguas indonesias sin permiso”, denunciaba el portavoz del Ejército Fuad Basya.

Según UNCHR, agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, un millar de personas han muerto desde marzo en esta huida desesperada por el mar. Fallecen de hambre, deshidratación o golpeados hasta la muerte por los traficantes, y la cifra aumentará en las próximas horas si prosigue el rechazo a lanzar operaciones de rescate para auxiliar a los barcos que permanecen en alta mar a la espera de una costa segura donde atracar. “Francamente, tienen pocas posibilidades de sobrevivir sin agua ni alimentos”, evalúa John Lowry, portavoz de la Organización Internacional de Migraciones. “Las condiciones a bordo deben ser horribles”.

Sólo en 2014, se estima que casi 55.000 birmanos rohingya o bangaldeshíes tomaron estos barcos como último recurso para escapar de la persecución o de la miseria, una cifra rebasada con creces este año: sólo en los tres primeros meses, 25.000 rohingya pagaron una fortuna para escapar.

El problema que ahoga hoy a centenares no es nuevo, simplemente ha sido ignorado hasta que la realidad de las fosas comunes ha estallado en la cara de los dirigentes. Hace dos semanas, el hallazgo de un campo de tráfico humano en la jungla tailandesa con una treintena de fosas removía conciencias. Fueron hallados 26 cadáveres de inmigrantes bangladesíes o refugiados birmanos de la comunidad rohingya, una de las más perseguidas del mundo.

En su país, Birmania, esta minoría musulmana (800.000 habitantantes) no tiene derechos. Ni siquiera es llamada por su nombre. “Llevan sufriendo desde hace muchos años abusos y persecución estatal. Hay unas 150.000 personas en situación de apartheid y eso les lleva a embarcarse”, explica el director ejecutivo de Fortify Rights, Matthew Smith, desde Bangkok. Los rohingya viven confinados en poblados rodeados por el Ejército, sin posibilidad de trabajar y por tanto sin futuro: una situación tan desesperada que todo aquel que puede reunir los 2.000 dólares necesarios, los paga a una mafia de inmigración para que le ayude a escapar a Malasia, Estado musulmán vecino donde siempre hay un familiar o amigo que, confía, le ayude a empezar una nueva vida, o a cualquier otro destino donde no sean perseguidos. Unos 140.000 rohingya ya han seguido ese camino desde que en 2012 la violencia religiosa se cobrara 280 muertos. En cuanto a los bangladeshíes, la pobreza les lleva a buscar oportunidades a cualquier precio.

Se trata de un negocio que mueve 250 millones de dólares al año, valoran en Tailandia, y una oportunidad de oro para las mafias sin escrúpulos que han desarrollado una industria intermedia, la del secuestro: tras pagar sumas astronómicas por un pasaje en una barcaza ilegal, sin apenas agua ni alimentos, que a veces tarda meses en consumarse –dependiendo de si se llena o no la barcaza y de los controles marítimos- muchos traficantes les obligan a parar en la costa tailandesa. Allí les hacen andar a pie por la jungla con la promesa de hacerles cruzar la frontera con Malasia a pie, pero antes deben parar en campamentos provisionales erigidos por la jungla donde son confinados, a veces encadenados, por guardianes armados.

Allí el agua escasea, los alimentos son casi inexistentes y los abusos están a la orden del día. Pueden hacer una llamada telefónica a sus familiares, durante la cual serán golpeados para añadir dramatismo: en ella, pedirán a sus seres queridos que paguen un rescate a sus secuestradores. Otros 2.000 dólares que no todos pueden recaudar. En el caso de no pagar –mediante un intermediario en su país de origen- a las mafias, hay variantes: pueden ser golpeados hasta la muerte o vendidos como esclavos a barcos pesqueros, en el caso de los varones, o como esclavas sexuales en el caso de las mujeres.

El relato de Mohammed Tasin, un joven rohingya de 18 años de Sittwe, en el Estado de Rakhine (Arakan) resume bien esa realidad. El joven abandonó Birmania en 2012 en un barco que llevaba a un centenar de mujeres, hombres y niños. “Nos arrestaron las autoridades tailandesas en el mar”, explicaba a la ONG Fortify Rights. “Nos dieron agua potable y cortaron el ancla remolcando el barco al oeste por un día y una noche. Después, nos dejaron marchar”. El barco terminó encallando en una isla tailandesa, donde volvieron a ser detenidos. Durante 11 meses, el grupo permaneció arrestado en un centro de inmigrantes ilegales de Ranong. Después, los oficiales tailandeses les entregaron a traficantes de personas que se llevaron a Mohammad y al resto a un campo situado en lo más remoto de la jungla. Entre torturas, les exigían 60.000 bath (unos 2.000 dólares) por persona. El joven describió cómo asistió al asesinato de varios secuestrados: los traficantes les obligaron a cavar fosas comunes donde enterrar sus cadáveres. “En las últimas semanas, 17 personas murieron. Los enterramos al amanecer. A veces, cuando regresábamos al campo, encontrábamos que otro había muerto”.

El negocio del secuestro de refugiados e inmigrantes era un secreto a voces en Tailandia, como ya contamos en Periodismo Humano, pero las autoridades negaban su existencia hasta que las imágenes de las fosas y de los famélicos supervivientes hallados al borde de la muerte fueron publicadas en la prensa. En un momento, además, sensible para las autoridades ya que el próximo mes Estados Unidos revisará su Informe de Tráfico de Personas (Tailandia, que ocupa el último escalón, intenta mejorar su graduación para así evitar sanciones) y la UE acaba de sacar ‘tarjeta amarilla’ amenazando con prohibir las importaciones de pescado a Tailandia si Bangkok no se compromete con el final de la pesca ilegal y de la esclavitud en los barcos pesqueros.

La maquinaria tailandesa de las relaciones públicas se inició con una campaña por todo lo alto, con batidas en la jungla e investigaciones en las localidades próximas a los campos hallados. A fuerza de buscar ya han sido hallados 78 campos de traficantes, tres de ellos masivos –con capacidad para mantener secuestradas a un millar de personas- y han sido ‘rescatados’ 213 inmigrantes y 63 víctimas de tráfico humano. Unos 80 funcionarios, cifra que incluye alcaldes y responsables municipales de toda índole, han sido detenidos o están en busca y captura y 67 policías han sido apartados de su cargo. Las autoridades aseguran que el líder de la principal red de trata de blancos es Patchuban Angchotipan, más conocido como Ko Tong (Gran Hermano), antiguo responsable municipal y propietario de varios complejos hoteleros en la provincia de Satul, incluida una isla privada cerca de Malasia desde donde se sospecha que dirigía su red de tráfico humano. Ko Tong está huido de la Justicia.

“Hemos acabado con el problema al 50%”, se ufanaba un alto cargo tailandés ante el escepticismo de las ONG, que consideran la campaña una mera estrategia propagandística para mejorar la imagen de la dictadura. La Junta militar discute la posible apertura de campos de refugiados para rohingya tras hallar a 300 rohingya y bangladeshíes abandonados por la red de traficantes, una posibilidad que horroriza a muchas víctimas: de los 300 rescatados por la Policía tailandesa, 187 han sido acusados formalmente por entrar ilegalmente en el país mientras que el resto será considerado víctima de trata.

El despliegue militar ha congelado el paso de refugiados e inmigrantes por Tailandia y ha generado pánico entre las mafias, que están optando por abandonar su ‘carga’ en alta mar. Unos 1000 civiles habrían sido dejados a su suerte en las costas de Langkawi, en Malasia, mientras que otros 900 fueron rescatados en las costas de Aceh, en Indonesia, en los últimos días antes de que Yakarta se negara a permitir la entrada de más barcos. Las autoridades de Kuala Lumpur también aceptaron inicialmente la entrada de 350 refugiados antes de cerrar sus aguas territoriales, pese a los llamamientos internacionales como el del portavoz de UNCHR Adrian Edwards, que ha pedido a los gobiernos que “continúen sus operaciones de salvamento para encontrar y lograr el desembarco seguro de los pasajeros, muchos de los cuales están en un estado de extrema debilidad después de días, posiblemente semanas, sin comida ni agua”. La Organización Internacional para la Migración (OIM) se ha expresado en el mismo sentido. “Se necesita un esfuerzo regional… No tenemos capacidad para buscarles pero los Gobiernos sí la tienen. Ellos tienen barcos y satélites”, explicaba Joe Lowry.

Chris Lewa, fundadora de Proyecto Arakan –ONG especializada en la persecución de la comunidad rohingya- suena conmocionada al otro lado de la línea. “Una de las experiencias más duras de mi carrera se produjo esta misma tarde, cuando hablábamos con los ocupantes de un barco abandonado en alta mar: se podía escuchar a los niños llorando y gritando de miedo”, se desesperaba. Se refería al barco finalmente hallado por los reporteros y la Armada tailandesa al principio del texto. “Hemos estado en contacto con esa embarcación desde hace días. Tras dos meses en el mar, fueron abandonados hace tres días cerca de Langkawi, hoy (por el lunes) vieron un barco oficial de color blanco aproximarse a ellos y en lugar de rescatarles, se marchó. Podía oir a los niños gritando, es terrible. Necesitamos rescates, necesitamos acción. Esa gente está muriendo en medio del mar. Cientos de personas están muriendo por falta de agua y de alimentos, necesitamos que desembarquen y sean asistidos”.

El barco fue avistado finalmente por varios reporteros que fletaron barcas, entre ellos un equipo de la BBC. “Son unos 350 rohingya y están desesperadamente hambrientos y sedientos”, decía su corresponsal mientras la cámara enfocaba a un nutrido grupo de niños llorosos que se llevaban la mano a la boca pidiendo comida. Un barco de la Armada tailandesa también se aproximó: les entregó provisiones y se volvió a alejar. Se sabe con certeza que al menos otros siete cargueros de grandes dimensiones están errando por el mar.

Proyecto Arakan está siguiendo varios barcos con refugiados e inmigrantes. Uno de ellos lleva 350 pasajeros, la mayor parte rohingya, y partió desde la costa birmana hace dos meses. “Sus ocupantes ya han pagado a las mafias pero éstas ahora no les pueden desembarcar por la vigilancia que se ha impuesto en todos los países involucrados. Muchos capitanes y tripulaciones han decidido huir para evitar se arrestados, así que abandonan a la gente en el mar. Es el caso de este barco de 350 personas: fue abandonado por su capitán tres días atrás porque consideraba demasiado arriesgado atracar en la costa tailandesa. Los inmigrantes no saben cómo utilizar el motor, no saben cómo dirigir la barca”.

Otras mafias de los barcos habían optado por convertir sus embarcaciones en el nuevo campo de secuestrados: quien no pague el rescate exigido es arrojado por la borda. Una vez que pagaban, eran desembarcados hasta que el despliegue militar impidió nuevas llegadas en Tailandia. Pero los secuestros se ejecutan de formas variadas y por diferentes agentes, no sólo las mafias implicadas en el tránsito de personas. En declaraciones a Burma Times, Noor Kayas, una refugiada rohingya, relataba cómo asistió al secuestro de su marido junto a otros 12 hombres cuando atravesaban la frontera de Bangladesh provenientes de Birmania: el grupo, compuesto por 12 mujeres, 13 hombres y varios niños permanecía agazapado en la jungla para evitar ser detectados por los agentes de fronteras cuando siete hombres armados con machetes aparecieron y se llevaron a los varones. Nunca más se les volvió a ver.

Ahora, la campaña tailandesa para acabar con los campos de tráfico humano condena a los inmigrantes y refugiados a morir en el mar si nadie pone remedio, “lo cual es casi peor que los campos”, evalúa Lewa. “No podemos dejar a esa gente morir en medio del mar”, continúa. “Todo es un maquillaje político. Nos pretenden hacer creer que combaten contra la corrupción y contra el tráfico de personas y usan para ello a los rohingya, pero no creo que sea una política destinada a salvar vidas. De hecho, más gente va a morir si no se les permite desembarcar. No tienen a dónde ir, ningún país les quiere, no pueden regresar a Birmania porque no tienen documentos, porque el Gobierno birmano les niega su documentación. Siempre salen perdiendo”.

El representante especial de la Organización de Cooperación Islámica para los Rohingya, Tan Sri Syed Hamid Albar, ha pedido a la ASEAN (Asociación de Naciones del Sureste Asiático) una acción conjunta y urgente. “Si este problema no es afrontado por Tailandia, Indonesia, Malasia y Birmania, se convertirá en una tragedia humana de dimensiones catastróficas”, ha evaluado. Syed Hamid ha pedido al régimen birmano que revalide las ‘tarjetas blancas’ –tarjetas de identidad temporales emitidas a la comunidad rohingya y retiradas el pasado 31 de marzo por órdenes del presidente Thein Sein, dejando a los rohingya del Estado de Arakan sin papeles- para evitar que crezca el éxodo. “Si la mayoría de la gente opta por marcharse, podemos ver una repetición de la crisis de las gentes del barco vietnamita”, estimaba el representante en referencia a los cientos de miles de personas que abandonaron la represión de Vietnam tras la guerra, a finales de los 70 y los años 80, a bordo de precarias embarcaciones con rumbo a Malasia provocando una crisis de refugiados que terminó afectando a todo el sureste asiático: unos 800.000 sobrevivieron (llevó dos décadas reasentarles en todo el mundo) pero incontables personas murieron en alta mar.

La temible posibilidad de que aparezcan barcos cargados de cadáveres en las costas del sureste asiático está llevando a organizaciones internacionales como la ONU a presionar a los países concernidos. Tailandia ha convocado una cumbre regional el próximo día 29 a la que han sido invitados, además de Indonesia, Bangladesh, Malasia y Birmania, Vietnam, Laos, Camboya, Australia y Estados Unidos además de instituciones como la OIM o UNCHR. “Tailandia sólo es un país de tránsito”, ha señalado el general Prayuth, a cargo de la Junta militar tailandesa. “Se trata de un movimiento criminal trans nacional y sólo nos afecta como país de tránsito, así que tenemos que resolver el problema con la cooperación de otros países”. ONG como Fortify Rights han pedido a las autoridades de Tailandia, Indonesia y Malasia que “abran sus fronteras a los refugiados, garanticen su acceso a los procedimientos de asilo y les protejan de detenciones y regresos forzados, garantizando su libertad de movimientos”. Matthew Smith califica la situación de “grave crisis humanitaria que requiere una respuesta inmediata, porque hay vidas en juego”.