Compartimos con ustedes el Manifiesto que los miembros de la ABEC
organizamos, en el intento de defendemos de los hurtos y actos de destrucción
que están ocurriendo en nuestros cementerios brasileños y latinoamericanos.
Con mucha
alegría damos la bienvenida al Cementerio Alemán de Quito que, desde el mes de
mayo del presente, se integra como miembro honorario a la Red Ecuatoriana de
Cultura Funeraria y a la Red Iberoamericana de Valoración y Gestión de Cementerios Patrimoniales. La integración se da en el marco de cooperación mutua que da
sentido a nuestra existencia como red y pretende, muy pronto, iniciar proyectos
de puesta en valor, investigación y difusión del enorme patrimonio estructural,
cultural e histórico que posee la Fundación Max Uhle –Cementerio Alemán de
Quito.
En palabras de
Carmen Dammer, administradora del espacio: “El Cementerio Alemán, a pesar de la
relevancia de los personajes que yacen aquí inhumados, es casi desconocido por
la comunidad.” La Red Ecuatoriana de Cultura Funeraria ha propuesto, en
colaboración con la administración del Cementerio, la consecución de fondos
para la puesta en marcha de los procesos de investigación necesarios para
afianzar legalmente la consideración del
espacio como bien patrimonial de la ciudad de Quito y evitar, con eso, el
excesivo cobro de impuestos que mantiene a la Fundación Max Uhle en situación
crítica.
El convenio
prevé, además, la consolidación de una presentación conjunta a ser presentada
en el II Encuentro Nacional de Cultura Funeraria y, ojalá también, en el XIX
Encuentro Iberoamericano de Valoración y Gestión de Cementerios
Patrimonialesa celebrarse en Cochabamba
–Bolivia.
La Red Ecuatoriana de Cultura
Funeraria,representada por Leonardo Zaldumbide, participó en lasI Jornadas Científicas por el Día de la
Enfermera.El evento fue organizado por el Departamento de Gestión
del Hospital Pediátrico Baca Ortiz de Quito.
Zaldumbide fue parte de la
mesa que tuvo como tema central a la muerte y su abordaje en espacios médicos.
El expositor de la Red trató sobre las
perspectivas políticas y culturales en torno a la muerte y el morir. La mesa se
completó con Tania Orbe, docente de la Universidad San Francisco, y con la
doctora Patty Carrero, docente de la Universidad de las Américas.
El objetivo de esta mesa fue
trabajar con las personas que enfrentan a la muerte en su cotidianidad y analizar perspectivas históricas, políticas,
comunicacionales y tanatológicas que permitan enfrentar a la muerte con mayores
elementos de análisis.
El premiado Cementerio Patrimonial de Cuenca en Ecuador continua con sus labores en torno a la mejora de la gestión de los procesos funerarios. Como conmemoración a la madres ofrecerá un concierto sinfónico en sus instalaciones.
Nuestro querido amigo, el arq Eduardo Montemuiño de la Red Uruguaya de Cementerios y Sitios Patrimoniales, presenta una interesante propuesta que busca el intercambio de saberes y experiencias entre las colecciones de los cementerios San Pedro de Medellín (Colombia) y San Nicolás de los Arroyos (Argentina). La muestra se centra en laimportancia de ambos cementerios como contendeores de experiencias y de memoria de sus respectivas poblaciones.
La ciudad de Azogues se ubica a 2518 msnm. y es la capital de la provincia
de Cañar en la República del Ecuador; la misma se encuentra a cuarenta minutos
de la ciudad de Cuenca, lo que ha provocado que ambas urbes tengan conexiones económicas, históricas,
políticas y culturales.
Esta ciudad, rodeada de cerros, ha asentado sus límites políticos en ellos y
los ha convertido en parte de su historia. Como sucede con muchas ciudades del
Ecuador, Azogues posee patrimonio funerario cargado de inmenso valor simbólico e histórico. Por esta
razón, Daniel Rivera, Coordinador Nacional de la Red Ecuatoriana de Cultura
Funeraria, visitó este espacio y tuvo el agrado conversar con su administrador,
economista Ruperto Mogrovejo, quien lleva varios años trabajando en el
camposanto y quien, además, tuvo la amabilidad de guiarlo por este lugar.
Mogrovejo comentó que: "El cementerio
actual fue construido en 1949, en la administración del Dr. Rafael María
García, en cuya gestión se construyeron
los primeros mausoleos”. Actualmente, de acuerdo a su administrador, el
cementerio tiene aproximadamente 4000 bóvedas. Existen once mausoleos de instituciones públicas y privadas como por
ejemplo: Sindicato de Chóferes, Sociedad de Obreros de La Salle, UNE Provincial
de Cañar, Empleados Municipales, Comité de Trabajadores Industria Guapán.
Entre los elementos arquitectónicos
destacados, se puede mencionar al ángel
de los Mogrovejo que fue elaborado por los deudos de uno de los patriarcas de
esta familia de artistas. Muy cerca de ahí se encuentra enterrado el padre del
actual alcalde de Azogues: el Dr. Virgilio Saquicela Toledo, destacado
azogueño. La cantidad de personalidades dentro del cementerio que han marcado
la historia de Azogues continúa con el profesor Homero Mata o del escritor y
periodista Germán León. Ruperto Mogrovejo, con emoción mencionó: "Aquí
tenemos muchísima gente interesante;
aquí tenemos algunos alcaldes, escritores, artistas y poetas, pero también
personas sencillas que fueron importantes en la ciudad. Por eso yo creo que
aquí hay bastante por investigar.”
Mogrovejo reconoce que, actualmente, el
espacio debe ser replanteado con nuevos servicios como sala de velación, hornos
de cremación y salas de tanatopraxia para insertarse dentro del campo funerario
contemporáneo, pero, como él recalca: "Este cementerio es importante
porque aquí está la historia.”
La Red Ecuatoriana de Cultura Funeraria se
complace en dar la bienvenida a su nuevo miembro honorario y se compromete a
brindar la ayuda técnica requerida para su proceso de valoración patrimonial.
Seguramente, en los próximos meses, se sabrá cuáles han sido los resultados de
este primero, pero importante acercamiento.
La gente se muere al otro lado de nuestras cucharadas de azúcar.
Millones de personas fallecen sin que nadie sepa por qué, a miles de
kilómetros. Si alguien se concentra en una de estas cucharaditas de azúcar
antes de echarla al café, quizá pueda desandar mentalmente el recorrido del
edulcorante por el planeta hasta llegar a la casa de cemento de Virginia
Chunguana y Elidio Carlos Lima. La pareja, de 21 y 30 años, vive en Manhiça, un
municipio rural en el sur de Mozambique, uno de los países más pobres del mundo.
Elidio trabaja como temporero, por unos 56 euros al mes, para la mayor fábrica
de azúcar de la región: una mole industrial erguida sobre campos de caña,
perteneciente a la multinacional británica Associated British Foods, la
propietaria de la marca española Azucarera y de la cadena de ropa Primark.
Virginia, con un nudo en la garganta, intenta relatar hoy la muerte de su bebé
hace solo 30 días.
“La verdad es que no tenemos ni idea de por qué muere la mayor parte de
la gente en los países más pobres”, resume con crudeza el pediatra español
Quique Bassat, mientras se dispone a escuchar a Virginia a la sombra de un
mango, entre patos, dos cerdos y un gallo. El sol abrasa. El bebé, según
rememora la chica, nació sin vida, en su casa de cemento, tras un parto
interminable que empezó un día y acabó el siguiente. No hay muchas más pistas.
El fallecimiento, sin un culpable conocido, es una tragedia insoportable para
la familia, pero solo un caso más para la estadística. La OMS calcula que unos
5,6 millones de niños mueren anualmente antes de cumplir los cinco años, sobre
todo en África y el sur de Asia. Y menos del 3% de los fallecimientos son
certificados por un médico.
“No solo no sabemos de qué muere la gente, sino que en muchos casos
incluso no somos capaces de detectar que muere gente. Eso es lo que algunos
llaman el escándalo de la invisibilidad. Te mueres, pero no queda registrado en
ningún sitio ni siquiera que habías nacido”, lamenta Bassat, investigador ICREA
en el Instituto de Salud Global de Barcelona.
Virginia responde a las preguntas de Bassat y su equipo. Es una autopsia
verbal, en la que las palabras hacen de bisturí. En muchas regiones del mundo,
este es el único método disponible para intentar averiguar la causa de un
fallecimiento. Mientras Virginia contesta con susurros, su único hijo vivo corretea
alrededor con una ametralladora hecha con ramas de papayo. Hasta 1992, Manhiça
fue escenario de la guerra civil que arrasó el país durante 16 años. Algunos
vecinos cuentan que los combatientes de la Resistencia Nacional Mozambiqueña,
anticomunistas, cortaban las cabezas de los marxistas del Frente de Liberación
de Mozambique y las paseaban en picas. Otros hombres, según narran las mismas
fuentes, eran mutilados a punta de machete para imitar en su piel los bolsillos
de las guayaberas, la vestimenta caricaturesca de los comunistas.
Así fue Manhiça hace no tanto. Hoy, el gran enemigo es el sida. El 40%
de los adultos vive con VIH. Sin embargo, es un lugar para la esperanza. Estas
tierras preñadas de azúcar han visto nacer una nueva herramienta, rápida y sencilla,
para determinar con precisión la causa de una muerte: la autopsia mínimamente
invasiva, desarrollada por el equipo de los investigadores españoles Quique
Bassat, Clara Menéndez y Jaume Ordi. “La fiabilidad de la autopsia verbal es
bajísima. En algunos casos, incluso puede ser peor que decir un diagnóstico al
azar. La autopsia mínimamente invasiva, sin embargo, logra en niños hasta el
89% de concordancia con las autopsias completas”, describe Bassat.
Es lunes y el cadáver de una niña de 10 años espera a los investigadores
en una sala del Hospital Central de Maputo. En la estancia contigua, los
cuerpos de tres adultos son sometidos a autopsias completas. Sus torsos están
abiertos en canal, con los pulmones, el corazón y el resto de órganos colgando
por fuera como racimos de uvas. Un eviscerador se afana en abrir el cráneo de
una mujer joven, con largas trenzas africanas, mediante una pequeña sierra
eléctrica circular. La escena parece una carnicería. Además de caro y complejo,
el procedimiento es inaceptable para muchas familias.
Sin embargo, el cadáver de la niña de 10 años está listo para una
autopsia diferente. Su cuerpo preside una sala nueva y limpia. Lleva tan poco
tiempo muerta que parece que está viva. Todavía es muy fácil imaginarla riendo
y jugando, como cualquier chica de 10 años. En su pecho, un folio escrito a
mano y pegado con celo a su piel informa de su nombre, su edad y su raza.
Marisa (nombre ficticio) falleció horas antes tras una semana con vómitos y
dificultades para respirar. Fue todo muy rápido.
La patóloga mozambiqueña Luisa Jamisse comienza a meter y a sacar con
mimo una fina aguja de biopsia en el cuerpo de Marisa, para tomar muestras del
tamaño de un fideo de su hígado, de sus pulmones y, a través de la nariz, de su
cerebro. También extrae con una jeringuilla unos pocos mililitros de sangre y
líquido cefalorraquídeo. El proceso apenas dura 30 minutos. Es tan sencillo que
lo podría hacer cualquiera.
“En la cultura africana, las
autopsias completas son un tabú. Nos dicen: si no diagnosticasteis a mi hijo en
vida, ¿por qué queréis abrir su cuerpo ahora que está muerto? Lo bueno de la
autopsia mínimamente invasiva es que podemos devolver el cadáver intacto a su
familia”, explica Cesaltina Ferreira, patóloga del Hospital Central de Maputo,
ante el cuerpo inmaculado de la niña. El caso de Marisa, admite Bassat, “es un
ejemplo claro de una muerte muy aguda en la que no tenemos ni idea de lo que ha
pasado”.
La autopsia mínimamente invasiva es potencialmente tan rápida, limpia,
sencilla y barata que ha inspirado un proyecto internacional, financiado con 75
millones de dólares por la Fundación Bill y Melinda Gates. La iniciativa,
bautizada CHAMPS, despliega ahora esta metodología en seis países —Mozambique,
Sudáfrica, Bangladesh, Kenia, Etiopía y Malí— para identificar durante los
próximos 20 años las verdaderas causas de muerte en los países más pobres.
Lo que parece sencillo en un país rico es una tarea endiablada en los
poblados profundos de África, siempre muy cerca de un hechicero y demasiado
lejos de un médico. En su choza de ladrillos de barro en Manhiça, el curandero
Eugenio Carlos Massimbe, de 40 años, se arrodilla y lanza en el suelo un puñado
de conchas de moluscos, como si fueran dados en un casino. Tras mirarlas en
silencio, vestido con una camiseta de la selección de fútbol de Sudáfrica y una
falda con la cara del rey de Suazilandia, Massimbe proclama con solemnidad:
“Los curanderos luchamos contra las maldiciones que echan los brujos para
provocar enfermedades en las personas. Echamos a los espíritus malignos”.
“Aquí en Mozambique, y en Manhiça en particular, el fenómeno de la
muerte se ve como algo muy místico, que está influido por creencias religiosas
y tradicionales”, explica la antropóloga Khátia Munguambe, del Centro de
Investigación en Salud de Manhiça (CISM). Su equipo intenta identificar las
barreras culturales para la aceptación de las autopsias mínimamente invasivas.
“Estamos en un país en el que el tráfico de órganos es una realidad. Las
personas son raptadas para extraer sus órganos para ritos tradicionales. Esto
está documentado y ocurre en países de África subsahariana. Así que es muy
fácil que las personas asocien una nueva tecnología a lo que ya saben que
ocurre. Nuestro papel es frenar esos rumores”, sostiene Munguambe.
La investigadora pone otro ejemplo de los bulos que corren de boca en
boca y amenazan con arruinar las nuevas políticas sanitarias. “Hemos detectado
la creencia de que las mujeres contraen cáncer de cuello de útero porque tienen
relaciones sexuales con hombres casados”, señala Munguambe. “Se piensa que las
esposas de los hombres acuden a brujos para que hechicen a las amantes, con el
resultado de un tumor. Esto crea mucho estigma. Las mujeres tienen miedo de
descubrir que tienen un cáncer de cuello de útero, porque serán acusadas de
adulterio”.
El Centro de Investigación en Salud de Manhiça es uno de los epicentros
de la búsqueda de las causas de la muerte. La institución se creó en 1996, con
apoyo de la Cooperación Española y bajo el liderazgo del epidemiólogo Pedro
Alonso. Hoy, la organización mozambiqueña está hermanada con el Instituto de
Salud Global de Barcelona, un centro impulsado por la Fundación Bancaria
"la Caixa". La médica Clara Menéndez ha trabajado en ambos lugares
desde el primer día.
“Cuando sabemos la causa precisa de una muerte después de realizar una
autopsia mínimamente invasiva, es frustrante, porque la mayoría de las muertes,
yo diría que hasta el 90%, podrían haberse prevenido”, lamenta Menéndez, directora
de la iniciativa de Salud Materna, Infantil y Reproductiva en el Instituto de
Salud Global de Barcelona.
La de la niña Marisa es una de esas muertes frustrantes. El patólogo
Jaume Ordi recibe las ínfimas muestras del cadáver un día soleado en el
Hospital Clínic de Barcelona. “Hemos podido confirmar, con los análisis
anatomopatológicos y microbiológicos, que la niña murió de neumonía, pero tenía
además una malaria cerebral, que contribuyó también de forma significativa a su
muerte”. Ambas enfermedades eran fácilmente prevenibles y tratables con
fármacos de unos pocos euros. Marisa, como otros millones de niños cada año, no
tendría por qué haber muerto.
“Este proyecto puede significar una verdadera revolución en la salud
pública, porque por primera vez tendremos unos datos fiables que nos permitirán
entender de qué se muere la gente en los países más pobres”, confía Quique
Bassat. “Y entender de qué se muere la gente en los países más pobres nos
permitirá cambiar las cosas: cambiar nuestras políticas actuales de salud para
prevenir que estas muertes ocurran en el futuro”.
Docentes de la
Facultad de Arquitectura de la Universidad de las Américas de Quito (UDLA) han
invitado a la Red Ecuatoriana de Cultura Funeraria a participar en los talleres
de prácticos de sus estudiantes de últimos niveles.
Nuestros especialistas
brindarán apoyo a los estudiantes mediante el análisis de proyectos que tengan
como centro a la arquitectura funeraria contemporánea. Los diversos espacios y
talleres serán la oportunidad para debatir en torno a las nuevas espacialidades
para la gestión de la muerte, la banalización de la vida, la virtualidad y los
futuros post humanos.
La colaboración entre
la academia y la Red Ecuatoriana de Cultura funeraria se enmarca dentro del
principio de difusión de los estudios de
la muerte que nos sustenta como red y que se constituye en uno de nuestros
principios de acción comunitaria.
Durante todo el mes de abril, el Instituto Metropolitano de Patrimonio y miembros de la Red Ecuatoriana de Cultura Funeraria, mantuvieron contacto con los habitantes de la zona nor oriental de la parroquia de Calderón con el objetivo de consolidar ejercicios participativos en torno a la difusión de las prácticas y espacios funerarios de la zona.
El intenso trabajo, de más de seis meses al interior de cementerios y otros espacios funerarios será dado a conocer pronto en la ciudad y en el exterior (dentro del Encuentro Iberoamericano de Valoración y Gestión de Cementerios Patrimoniales en Cochabamba -Bolivia)
La Asociación Cultural Uma Yaku, conformada por yachaks y curadores de San Miguel del Común, quiso ser parte del cierre de la etapa de investigación del proyecto e invitó al equipo de trabajo a una sesión de sanación y a una limpia de florecimiento en el lugar sagrado de Uma Yaku. En la sesión se contó con la participación de 16 sabios sanadores que buscan rescatar las prácticas y ritos ancestrales relacionados con la curación, la enfermedad, la vida y la muerte.
El Instituto Metropolitano de Patrimonio y la Red Ecuatoriana de Cultura Funeraria agradecen a nuestros amigos de San Miguel por tan bello acto.
El Museo Cementerio San Pedro es una réplica concentrada de
Medellín. Está dividido por barrios, que a su vez fragmentan la superficie por
estratos; están los populares y las élites haciendo un retrato de una realidad
social que perdura. Está comprimida la historia, con sus violencias y sus
dolores. Está dibujada una corriente artística, con sus mutaciones. Y también
la transformación arquitectónica que habla de un cambio de percepción.
Pero además, el camposanto es un referente estadístico con datos
reales de la vida y la muerte. Y esos opuestos albergan ejemplos de olvidos
personales alrededor de tumbas que no reciben visitas. Pero también lápidas a
las que les brotan recuerdos y flores y cartas de adiós.
Además de ser la necrópolis más antigua que todavía está en uso en
Medellín, el lugar ha logrado posicionarse como un punto de encuentro cultural
desde que se convirtió en museo hace 20 años, asumiendo la memoria como un
valor atractivo.
En 1998 el espacio fue declarado museo. Para el Concejo
Internacional de Museos (Icom), los requisitos para la declaratoria son: ser un
espacio abierto al público, que conserva, investiga, comunica y expone el
patrimonio material e inmaterial de la humanidad. Y todo lo cumplía y lo sigue
cumpliendo el San Pedro.
La Red Iberoamericana de Valoración y Gestión de Cementerios
Patrimoniales, una alianza consolidada en el año 2000 para proteger espacios
como este en 13 países hispanohablantes, decidió reconocer los esfuerzos del
camposanto por ser un referente para los demás camposantos.
De hecho, el primer encuentro de la red se llevó a cabo en el San
Pedro hace más de 18 años, pues desde entonces era validado por los integrantes
de varios países como una referencia.
Cementerios como el de la Recoleta, en Buenos Aires (Argentina) o
el Torrero de Zaragoza (España) también hacen parte de la red y, según Diego
Bernal, historiador y miembro activo de la corporación, estos espacios, que
también cuentan con un valor histórico y cultural evidente, han encontrado
inspiración en la experiencia del San Pedro.
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“El cementerio para la red es una escuela por su innovación.
Aportó para que el cementerio de Lima (Perú) sea hoy un museo cementerio,
también para el Británico de Montevideo (Uruguay)”, aseguró Bernal.
La red quiso entonces, reconocer el trabajo que ha permitido
recuperar un espacio que simbólicamente estaba muy deteriorado, que había
perdido viabilidad con el paso del tiempo.
Son 176 años de historia alojada en 30.000 metros cuadrados de
tierra. Un lugar que puede contar mejor que cualquier historiador el acontecer
local y que sigue alimentándose de nuevos relatos. Parte de esa capacidad está
en la forma de repensar un espacio como este.
Para Patricia García, directora del Museo Cementerio San Pedro, el
valor del espacio radica, sin duda, en las vidas interrumpidas de quienes han
llegado desde 1842, año en el que fue fundado gracias a la iniciativa del
médico Pedro Uribe Restrepo.
En ese sentido, el entendimiento del camposanto como un lugar de
encuentro en la ciudad, no puede darse sin reconocer que su función principal
es la de darle sepultura a los muertos. “Tenemos que entender su condición de
cementerio, para entenderlo como museo”, aseguró.
Entre la tradición de quienes celebran la vida de los familiares
que perdieron, una variada oferta cultural permite involucrar a las nuevas
generaciones en las prácticas que se dan dentro del cementerio. “Con sus
historias y materialidad han demostrado efectos y sentimientos que nos sirven
para contar una historia que no es la de la muerte, es la de la memoria”,
agregó la directora.
Lo que empezó siendo una auto representación de las élites,
quienes decidieron crear el espacio, es hoy un punto de convergencia tan real
como la confluencia natural de las gentes de Medellín. Y los visitantes pueden
llevarse una impresión de la ciudad, gracias a un guión museológico que divide
el lugar en cuatro momentos: los cambios de la sociedad antioqueña alrededor de
los años veinte, la apropiación del espacio por parte de la cultura popular
entre 1971 y 1997 y la reflexión que inunda hoy los rincones de la necrópolis.
Ser un escenario cultural, le ha permitido al San Pedro mantenerse
en los imaginarios sociales de la ciudad. Sin embargo, desde su administración
aseguran que el sostenimiento del cementerio se logra a través de la sepultura,
y que la cultura es un valor agregado, una puerta al conocimiento y una forma
de construir identidad.
El I Encuentro Nacional de
Cultura Funeraria, organizado por el Instituto Metropolitano de Patrimonio y la
Red Ecuatoriana de Cultura Funeraria (Red Iberoamericana de Valoración y Gestión
de Cementerios Patrimoniales) convocó a cerca de 400 personas en sus dos días
de actividades. Si bien, en esta primera edición, no pudimos acoger a la gran
demanda de participantes que querían exponer. Logramos consolidar un programa
sólido,interesante y diverso. Este evento es el primero de muchos; desde el próximo año realizaremos convocatoria a ponencias para motivar la reflexión en torno a la muerte desde las distintas unidades académicas. Sin embargo, pudimos contar con ponentes (o ponencias propuestas desde) de Guayaquil, Cuenca, Quito, Riobamba, Tulcán, Sangolquí y Esmeraldas. Logramos nuestro objetivo: demostrar que en los análisis sobre la muerte se reflejan diversísimas preocupaciones que van desde lo económico, lo social, lo político y lo cultural.
El éxito de esta primera iniciativa, gestionada con el tiempo y la voluntad de los miembros de la Red, demuestra que es posible hacer mucho con poco. Queridos amigos, les convocamos desde ya a nuestro segundo encuentro nacional. Hablar de muerte es bueno para la vida.
A continuación una recopilación de notas de prensa (no todas, fueron muchas) sobre el Encuentro:
·http://www.noticiasquito.gob.ec/
Noticias/news_user_view/index.php?module=Noticias&func=news_user_view&id=28845&umt=Quito
y Ecuador evidencian su acervo funerario