miércoles, 9 de noviembre de 2011

Nuevas tecnologías quitan trabajo a pintores de lápidas

Fuente: Expreso

La tecnología del arte y diseño gráfico está ganando terreno en el cementerio de Jujan, en desmedro de cientos de artesanos que por esta época se dedican a aclarar letras y pintar bóvedas.
Ahora las familias están optando por instalar gigantografías en las tumbas que vienen con novedosos diseños y pasajes bíblicos.
Gerónimo Vega, oriundo del cantón Jujan, vaticina que en pocos años desaparecerán totalmente los pintores artesanales. Recuerda que hasta el año pasado el negocio de pintar tumbas y aclarar letras era rentable porque los parientes de los fallecidos contrataban con días de anticipación los servicios de un pintor para que le cambie la fachada a las bóvedas.
Vega pintaba hasta 20 tumbas diarias, pero este año esa cifra se redujo a cinco.
Ayer, mientras se protegía del fuerte sol bajo un árbol dentro del camposanto de Jujan, señaló que "los familiares de los difuntos ahora prefieren poner gigantografías en las tumbas, porque ese diseño les trae una fotografía del difunto, un paisaje, una frase bíblica, los nombres del finado y la fecha en que murió, por un costo de 25 dólares".
Leonardo Lozano, de 30 años, quien lleva una década plasmando paisajes en las bóvedas de los cementerios de los cantones Jujan y Simón Bolívar, expresó que hasta el año anterior pintaba hasta 50 paisajes diarios, pero ahora solamente cinco. "La ciudadanía está prefiriendo las gigantografías, pese a que ambos trabajos tienen un costo similar".
Lozano aseguró que para perfeccionar su trabajo continuamente asiste a seminarios de pintura y a concursos en diferentes eventos artísticos, sin embargo, "los propietarios de las tumbas se inclinan por la tecnología del diseño gráfico, dejando sin trabajo a quienes esperamos los feriados de difuntos para ganarnos unos cuantos dólares".
Pequeños negocios
Esta fecha dedicada a las personas que fallecieron también es aprovechada por decenas de estudiantes de distintos colegios de la localidad y cantones aledaños que realizan trabajos de pintura, mejoramiento de tumbas e improvisan pequeños negocios de venta de agua potabilizada, flores, velas y tarjetas de recuerdo.
Uno de ellos es Alfredo Alcívar, de 15 años, del colegio Teodoro Alvarado, quien acompañó a su padre a pintar tumbas. Mientras que otros lo imitaban reparando bóvedas. Mientras que en los exteriores del camposanto, unos 80 comerciantes instalaron puestos para la venta de comida preparada. En esos comedores predominaban los platos típicos como la fritada, el seco de pollo, el morocho, la guatita, que atraían a los comensales. (GFR)

El Día de Difuntos en Calderón

fuente: El Comercio

El cementerio de Santa Ifigenia de Cuba


El cementerio Santa Ifigenia, además de guardar los restos del Héroe Nacional cubano José Martí es el más antiguo de esta nación, y hoy constituye escala obligada para centenares de viajeros del mundo.
Ubicado en la oriental provincia de Santiago de Cuba, es una especie de lugar de peregrinación, primero para los lugareños y en la actualidad para muchos extranjeros, pues allí está el Mausoleo a Martí, reconocido como el más universal de los cubanos.
Estos pareceres los explica el especialista principal de este espacio mortuorio, José Luis López, quien comenta que se trata de un Monumento Nacional desde 1937, el cementerio más antiguo de la Isla y con infinidad de atractivos.
Inaugurado el 28 de abril de 1868 en la actualidad cuenta con 143 años, y en su parte original se encuentra la tumba más antigua, la de la familia Navarro, que data del 25 de abril de 1868.
Sin embargo, un impacto fundamental puede estar en que en el lugar descansan 32 generales de las guerras de independencia de este país, de los que 28 fueron orientales.
El mausoleo más importante está dedicado a José Martí (La Habana 1853- Dos Ríos, Oriente.1895) que descansó junto a los veteranos desde 1947 hasta 1951, cuando el 30 de junio se inaugura el actual sepulcro, el más relevante de todo el cementerio, y de Cuba.
La parte vieja del cementerio es de tumbas cerradas a la perpetuidad, pues funciona como museo al aire libre, y después de un parque divisor es que están las tumbas estatales. Todo es patrimonio histórico cultural de la ciudad de Santiago, comenta.
Otro de los mausoleos del cementerio es el de Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria, quien el 10 de octubre de 1868 entregó la libertad a sus esclavos africanos para que se unieran a la lucha por la independencia, fecha que marca la nacionalidad cubana.
La obra fue del italiano Salvatore Bonne, elevada en mármol de Carrara, con las cadenas rotas en expresión de libertad, y el laurel que simboliza la gloria; este mausoleo fue inaugurado el 7 de diciembre de 1910, para su tercer enterramiento.
Pero este también es el cementerio de la música y los artistas, con su Sendero de los trovadores con los restos de Pepe Sánchez creador del son, y muchos célebres, entre ellos Francisco Repilado Compay II, quien junto al Buena Vista Social Club recorrió el mundo.
Y lo curioso de la tumba de este último es que sus restos descansan sobre arena de la playa Siboney, la más popular de Santiago de Cuba, donde nació. En su lapida está el nombre de su última canción, Las flores de la vida, y flores, su guitarra y sombrero, en bronce.

Miles de bolivianos festejan el día de las calaveras o "ñatitas"

Fuente: agencia EFE
Miles de personas de la región andina de Bolivia pusieron fin hoy a una semana dedicada a los muertos con la fiesta de las "ñatitas", culto a las calaveras humanas que se celebra cada año en los cementerios del altiplano.
Es una tradición de origen incierto y que podría datar de la época precolombina, según la cual los vivos conservan en sus casas las calaveras de difuntos, ya sean familiares o completos desconocidos, con la intención de que les protejan de todo tipo de males y les ayuden a lograr bienestar y prosperidad.
Cada 8 de noviembre los dueños de las "ñatitas" adornan a sus preciadas calaveras con todo tipo de abalorios, flores, gorros y hasta gafas de sol, para acudir con ellas a los cementerios con la intención de bendecirlas, rendir culto a sus almas y hacer peticiones para que se cumplan sus deseos y necesidades.
"Este es mi salvador. Lo tengo desde hace 28 años y le tengo mucha fe. Gracias a él todos mis deseos se me cumplen. Le traigo hoy al cementerio porque el 8 de noviembre es su cumpleaños", dijo a Efe en el cementerio de La Paz una mujer que mostraba la calavera de un varón desconocido para ella que encontró en su lugar de trabajo.
También hay quien acude a las necrópolis sin poseer calavera alguna y pasa las horas transmitiendo sus deseos a los cráneos de las fosas comunes, donde los operarios de los cementerios entierran a los que no tienen quien les de sepultura, para volver a sacarlos de la tierra una vez al año.
"Yo tengo la calavera de mi papá, pero prefiero venir a la fosa común, donde está el poder de la comunidad. Vengo porque alguien me debe harta plata y quiero que las ñatitas me ayuden a cobrar la deuda que se me debe", dijo otra mujer que asistió hoy al cementerio de La Paz.
El culto a las calaveras pareció adscrito durante años a la religión católica, pero hoy se aprecia como parte del sincretismo entre lo cristiano y lo aimara, representado por calaveras de las que cuelgan crucifijos y cuyos dueños acuden a los yatiris (chamanes andinos) para que sean bendecidas.
Numerosos grupos de música ofrecen canciones alegres a las calaveras y a sus dueños, porque "el 8 de noviembre es un día para festejar", declaró a Efe uno de los guitarristas que trabajaba en el cementerio.

"Vaya al cementerio y no abra jamás la caja de cartón"

por Vicente Olaya, El País

Clodoaldo Martín tenía poco menos de 30 años cuando llegó aquel 9 de marzo de 1967 al Hospital Provincial de Salamanca. Este agricultor de Linares de Riofrío, cuya primera hija acababa de morir en el centro sanitario, recibió una caja de cartón cerrada con celo. En su interior, supuestamente, iba el cadáver de su bebé de cinco días. "No merece la pena hacer entierro", le explicaron en el hospital. "Resulta muy caro. Entregue la caja en el cementerio junto con este sobre y que la entierren como si fuera un feto. Pero no la abra jamás". Y Clodoaldo obedeció, no abrió ni el sobre ni la caja, y no volvió a mencionar lo ocurrido. Pero cuarenta años después, aquella historia tomó un giro inesperado y sorprendente: alguien que decía ser su hija se presentó en el pueblo preguntando por él.
María del Carmen Calvo y Clodoaldo Martín eran en 1967 una joven pareja a los que la vida sonreía. El 5 de marzo, ella -embarazada de casi ocho meses- se preparaba para dar a luz en Linares de Riofrío. Pero el médico de la localidad no estaba en aquel momento, por lo que tuvo que ser atendida por un doctor que veraneaba allí y que trabajaba en el hospital provincial.
El bebé nació, recuerda María del Carmen, sin problemas y pesó 2,8 kilos. La madre, alegre con su primera hija, se sorprendió cuando el doctor le anunció que "la niña estaba mal y había que llevarla urgentemente al hospital". "En aquella época, te creías todo lo que te decían, no era como ahora. No preguntabas. Solo obedecías, pero yo no entendía las razones para ingresar a la niña: la veía muy bien. Sí, se quejaba un poco, pero nada raro para un recién nacido. No sé por qué obedecí", recuerda la madre.
Un día más tarde -a pesar de la supuesta urgencia- el médico ordenó el traslado y la niña fue llevada a Salamanca. "Era absurdo lo que decía: insistía en que era urgente y que la niña estaba muy mal, pero tardó un día en llevársela. Y lo peor de todo es que yo no podía ir con la niña porque no me convenía. Pero yo estaba bien, que ya me avisarían cuando mi hija mejorase. Y obedecí", se lamenta María del Carmen.
El padre, acompañado de unos primos, trasladó finalmente a la pequeña al hospital provincial. Poco después de llegar, los facultativos ordenaron a Clodoaldo y a sus familiares que se volvieran al pueblo. "Ya les avisarían". Y estos obedecieron. Dos días después, el 8 de marzo, recibieron una llamada: el bebé había muerto repentinamente y era necesario que se hiciesen cargo del cadáver.
Al día siguiente, en el primer autobús, el padre salió hacia el hospital salmantino. "El pobre tuvo que coger el coche de línea. Cuando llegó al centro hospitalario, le entregaron una caja de cartón cerrada con celo en la que, supuestamente, estaba el cadáver de mi hija. ¡No lo abra! ¡Es un feto! Solo entréguelo en el cementerio y que lo entierren. Y mi marido obedeció", recuerda María del Carmen. "Siempre pensé que nos habían engañado, que allí no había nada. Mi marido no abrió ni la caja ni el sobre. ¿Qué ponía? ¿Qué había dentro de la caja? No lo sé. Teníamos que haber mirado. Pero eran otros tiempos".
Y con esta duda en su interior, fueron pasando los años. María tuvo cuatro hijos más, cambió de domicilio, emigró a Francia y volvió a España. Se estableció en Logroño, donde ahora vive, pero nunca olvidó a aquella hija enterrada en una caja de cartón.
Sin embargo, hace cuatro años todo cambió cuando una pareja de desconocidos se presentó en Linares de Riofrío. La mujer, de unos 40 años, preguntó por Clodoaldo. "Es mi padre y lo estoy buscando", dijo. Los vecinos le indicaron que este y su mujer hacía años que habían abandonado el pueblo, pero que tenían unos primos en la localidad que les indicarían dónde podían hallarlos. Pero ese día, los familiares de María no estaban en casa. La pareja no dijo nada más, se marchó y nunca volvió.
Cuando María del Carmen se enteró de lo ocurrido, comenzó una enloquecida búsqueda de su hija. Se ha adherido a varias redes sociales y se maneja con soltura en Internet. "Fui al hospital provincial a pedir los datos de mi hija. Pero allí no hay nada. Acudí al cementerio a buscar el cuerpo. Pero allí tampoco había nada. Fui al Ayuntamiento y al Registro Provincial, pero no conseguí ninguna respuesta. No hay nada. Es imposible". Calvo, a través de una asociación de afectados, ha pedido a la fiscalía y al juzgado que le ayuden a encontrar a su hija. "Pero todavía no me han respondido".
María del Carmen duda ahora. No quiere hacer público el nombre del médico que le atendió en el pueblo. Alguna vez se lo ha encontrado casualmente y se han saludado. "No puedo acusar a nadie. No tengo pruebas. No sé lo que pasó", dice. "¿Y por qué no se lo pregunta la próxima vez que le vea?", le piden. "Pues porque solo tengo sospechas y no quiero que se destruya nada, si es que existe algún papel. Mejor así. Solo quiero ver a mi hija y decirle que nosotros nunca la vendimos ni la entregamos, que lo único que nos dieron fue una caja de cartón cerrada con celo y un sobre, y que nosotros obedecimos".

Chistes en el cementerio por Andrés Cárdenas

Bien, a ver cómo me las apaño para hablar de cementerios y que ustedes lleguen al final de la columna. Todo el que escribe en un periódico sabe lo fácil que le puede resultar a un lector dejar de leer un artículo si el tema va de algo sombrío y demasiado triste. Habrá lectores que lean la palabra ‘cementerio’ y se les vaya los ojos inmediatamente a otra página, a otro artículo, a otra lectura que le resulte más gratificante. Paul Johnson dijo en un ensayo titulado ‘El arte de escribir columnas’ que si un lector no termina una columna una semana, quizás no la empiece la siguiente. Así que aquí está mi reto. Aprovechando que el otro día atrasaron los relojes dediqué la hora de regalo para visitar el cementerio de mi pueblo, en el que está enterrado mi padre. Hacía una mañana estupenda. Si vas un día nublado o lluvioso a un camposanto tal vez te sientas sobrecogido por el fuste imponente de las tumbas, pero si vas un día de sol, joer, que te entran unas ganas enormes de vivir. En el cementerio había aire de romería, de día de fiesta casi y se escuchaban más risas que lágrimas. Los cementerios, como dice Guissepe Marcenaro, son una realidad viva que convocan un tipo particular de locura. Allí me encontré con un amigo de la infancia. Enseguida se juntan dos colegas que hace tiempo que no se ven y surgen las batallitas. –«¿Qué haces aquí?», le pregunté. Tan tonta era mi pregunta como sorprendente fue su respuesta: -«He venido a contarle el último chiste a mi padre». Su padre, me recordó, había muerto hacía unos cinco años y hasta que falleció fue un tipo con sentido del humor increíble. Jamás se le oyó un lamento o una queja y su positivismo era tal que no le contaba a nadie sus penas que, por lo visto, era muchas. –«Mi padre se pirraba por los chistes y de vez en cuando vengo y le cuento alguno. A los muertos también hay que divertirlos y no sólo venir a contarles penas», dijo mi amigo. Le dije que sí, que posiblemente llevaba razón y que, en el fondo, era otra forma de honrar la memoria del que ha fallecido. Me pidió que lo acompañara al nicho en el que estaba enterrado su progenitor y allí delante recordamos a Emilio, el antiguo sepulturero del pueblo que siempre que estaba enterrando a alguien cantaba por lo bajini la canción de los cuatros muleros. Yo le conté cuando una vez fui a hacerle una entrevista a un enterrador de Granada y me contó que había gente que pedía nichos con vistas a Sierra Nevada. Y que un día una señora que acaba de enterrar a su marido le pidió al sepulturero que cuidara del muerto: – «De vez en cuando dé usted una vuelta por si necesita algo.» También le hice partícipe de la guasa del transporte urbano de Granada cuya línea número 13 muere en el cementerio. Él se acordaba de una funeraria de Torreperogil que había hecho unos mecheros de publicidad y había puesto: «Usted siga fumando, que nosotros aquí lo esperamos». Entre risas y buen rollo estuvimos más de media hora hablando. Al salir del camposanto, mi amigo me dijo: -«Joer macho, seguro que mi padre ha pasao un rato de puta madre».

martes, 8 de noviembre de 2011

Marcha fúnebre de Sabino Guerra

Especialista en cementerios fabricaba muñecas con cadáveres...


Un reconocido historiador ruso tenía 29 momias en su casa, que habían sido desenterradas de cementerios de la ciudad de Nizhny Novgoro. Estaban vestidas con ropas extraídas de las tumbas

Un video de la Policía, que muestra el departamento del arrestado en la ciudad de Nizhny Novgorod, ofreció una visión siniestra de lo que parecen ser muñecos vestidos con ropas y chales brillantes; algunos, con las manos y rostros aparentemente envueltos en paños.
La Policía dijo que eran restos momificados y que el hombre sólo había elegido cadáveres de mujeres jóvenes para su macabra colección.
Si bien las autoridades se negaron a identificar al detenido, dieron a conocer sus fotografías. Gracias a eso, inmediatamente fue reconocido por la prensa local como Anatoly Moskvin, un historiador de 45 años considerado el máximo experto en cementerios de la ciudad. Su gran interés por los difuntos le sirvió también para escribir.
El mes pasado, Moskvin contó, en uno de sus artículos, su interés por los muertos. Relató que cuando tenía doce años, pasó frente a un cortejo fúnebre cuyos participantes lo obligaron a besar el rostro de una niña de once años muerta. Agregó que más adelante se apasionó por lo oculto.
Autodidacta y experto en lingüística, se especializó, además, en cultura celta y aprendió a dominar trece idiomas.
Sobre su detención, circulan distintas versiones. La oficial es que su arresto sobrevino después de una larga investigación sobre la profanación de tumbas en varios cementerios locales, según contó la vocera policial Svetlana Kovylina.
De acuerdo con el diario nacional Moskovsky Komsomolets, el historiador fue detenido en un cementerio mientras portaba una bolsa con huesos. Y, por otro lado, Kriminalnaya Khronika, una publicación especializada en crónicas de delitos en la región, indicó que los detectives descubrieron los cadáveres cuando visitaron a Moskvin para consultarle sobre las profanaciones.

lunes, 31 de octubre de 2011

ABRACATABRA LAS CATAS DE LA CABRA: Huari


Fabricante: Cervecería Boliviana Nacional
Origen: Oruro, Bolivia
Estilo:Pilsener
Color: Amarillo cristalino
Alcohol: 4.8%
Temperatura de consumo: 6 a 8 grados

Hablar de Huari, remite necesariamente a una de las cervezas más tradicionales de Bolivia. Según se cuenta, una de las características más importantes de esta cerveza es la pureza de su agua que brota de un manantial cercano a un cerro en Santiago de Huari, la misma que cuenta con un ph perfecto.
Esta cerveza es fruto de un correcto balence de maltas argentinas (80%) y arroz(20%), que con un minucioso proceso de elaboración, en el que el agua se convierte en ingrediente fundamental, logra un producto de un amarillo cristalino y de suave amargor en la boca.
La espuma de Huari no es muy consistente, sin embargo, no es necesario que lo sea pues es una bebida que se deja tomar a sorbos largos. En boca también deja evocaiones dulzonas, aunque débiles. Tiene un rápido final y no es muy persistente en la boca.
En el caso de una cerveza tan tradicional como Huari (hay historias que hablan de que ya en 1550 se consumía un tipo parecido de cerveza en la zona) es necesario también comprenderla como un elemento cohesionador del tejido social pues se ha convertido, sin duda, en ícono de Bolivia. Como dato interesante añado que dado que no se sabe a ciencia cierta la procedencia de las prístinas aguas con las que se elabora Huari, se piensa hacer pruebas de carbono 14 para determinar la antigüedad de la misma con el fin de preservar el recurso para próximas generaciones.
Salud!

Los niños y la muerte en México

Texto y fotos: Julie Sopetrán

Desde la primera vez que entré en los cementerios mexicanos, hace ya muchos años, me llamó poderosamente la atención ver a los niños en los cementerios arreglando las tumbas junto a sus padres y familia, preparando las flores, participando de los quehaceres y preparativos para la celebración de Día de Muertos. Me di cuenta, que desde muy niños, asimilan esa realidad de la muerte y en el panteón, observan, ríen, juegan respetuosamente, encienden velas, transportan flores, se acurrucan junto a las tumbas, llevan sus golosinas, miran, siguen los pasos de sus familias, son parte muy activa de lo que hacen los mayores y así maman en el cementerio las creencias.
Desde muy niños están informados del proceso de vivir y morir. En México no se evita la presencia de la muerte y los niños no sólo ven morir a sus seres queridos, también participan en los velatorios, y en el recuerdo que cada año se le dedica al familiar, amigo, vecino que se fue para siempre, y ese recuerdo se hace más patente en esta celebración de Día y Noche de Muertos.
No ocurre lo mismo en nuestro país, en España, el día primero de Noviembre no se ve a un niño en el cementerio, tampoco en un entierro o en un velatorio, a los niños se les aísla ante el acto de la muerte, no se les cuenta o se les habla con naturalidad del tema, no se les hace entender que nacemos y morimos, y el pequeño lo va aprendiendo con los años, con la propia experiencia y, ese desconsuelo aterrador con el que va cubriendo a solas y muy íntimamente ese proceso.




Mi experiencia en México, me ha hecho ver lo importante que es para el niño estar activo en el duelo, hacerle participar en lo esencial, en lo natural que es la muerte. Es muy necesario quitarles el miedo, el terror, la incertidumbre, la mentira con que adornamos la muerte a muchos niños. Y sería muy necesario llevarles a las ceremonias funerarias, darles, enseñarles esa oportunidad de expresar sus propios sentimientos. Los niños son muy creativos y ante la muerte saben reaccionar incluso mejor que los mayores.

Niños adornando la tumba
En México se habla con los niños de la muerte, del abuelito que se fue, del hermanito que murió, y se le enseña a velarlo, a ser él mismo ante la ausencia y ante la creencia de saber que una vez al año, por lo menos, el muertito va a volver a casa, y todos lo van a recibir. Así se le da valor a los objetos que utilizó el difunto, a los gustos que tenía en vida. Resucita familiarmente el ser que fue, lo que nos dejó en el recuerdo espiritual y físicamente. Y para ello se hará un caminito de pétalos de flores doradas, para que cuando venga a visitarnos el espíritu de fulanito y menganito, sepa el camino a seguir y que no se vaya a perder, y entre todos se hará un altar en la casa, y se le pondrá la foto más linda y la comida que más le gustaba, y el juguete con el que jugaba, y si el que murió fue el abuelo, pues su tequilita y su garrote o herramienta de trabajo habrá que desempolvarla... Y se le recordará tal como era en vida, con alegría y sin miedo alguno. Nunca, nunca al niño se le debe ocultar nada que lo traumatice.


¿Pero, se ríen los mexicanos de la muerte? Yo creo que no. Los mexicanos como los españoles, como muchos otros pueblos, temen de igual modo a la muerte, lloran, sienten, extrañan a sus seres queridos... Al pueblo mexicano lo que le pasa es que es muy fiel a sus tradiciones y a su religión, tradiciones antiguas y religiones mezcladas.
Ya los antiguos mexicanos, hace miles de años, seguían sus mitos a través de ritos mortuorios, ellos creían que al morir se viajaba al Mictlán, que era el lugar de los muertos y de la eternidad y cuando uno moría se convertía automáticamente en dios...
Luego, el cristianismo, les trajo la vida eterna. Así su entrega a la oración también es auténtica y los niños van siguiendo esos pasos ancestrales y modernos de los mayores, lo hacen con respeto, con amor y espontaneidad y con una naturalidad que en otros lugares no sería común.
A mi me llamó mucho la atención ese colorido, esa maravillosa composición de flores en el cementerio, colores de papel picado morado, naranja, colgado de un extremo a otro con motivos de la muerte, comiendo, bebiendo, trabajando... Ese humor mexicano que se hace arte en el papel, o ese adorno multicolor sobre la tierra, sólo quiere decir amor, porque México está lleno de flores y es la estación del cempasúchil color oro puro y es un estallido de sensaciones alegres, de velas encendidas, de incienso o copal, de jarras o vasos con agua para saciar la sed en el camino del muerto que regresa a casa, las fotografías de los difuntos, la gente en armonía con sus creencias, pero en el fondo fondo, el mexicano está velando a sus muertos desde su fe ancestral y cristiana.



¿Es un festejo? No sé si podría llamarlo así, para el turista que se acerca al cementerio, tal vez lo es, porque en sus países de origen es distinto o tal vez no existe ese culto a la muerte. Pero para el mexicano, el primero de noviembre lleva muy dentro el dolor de sus muertos, y más de sus muertos matados, ahora no, no creo que sea precisamente fiesta sino grito pidiendo justicia.
Y sí, son los niños, con su inocencia, los que verdaderamente disfrutan de la luz, del colorido, del ambiente creado en torno a la tumba, de las calaveritas de azúcar, del pan de muertos, de sus golosinas. Para los niños, la imagen del esqueleto con guadaña es algo lúdico, aunque simboliza lo pasajero, no le causa el miedo que podría causarle a cualquier otro niño europeo. Tal vez porque en México la muerte es mágica, trágica, sí, pero esotérica y se la implora como remedio para muchas cosas, por ejemplo, para atraer el dinero, para las conquistas amorosas, para la salud, etc.. Ella es la Santísima Muerte, la que puede hacer y deshacer al instante. Y los niños lo saben muy bien porque sus papás así se lo han enseñado y para ellos es una santa costumbre ya ir al cementerio.









Manila: un cementerio vivo



Podría ser el escenario perfecto para una película de terror. Para una de zombis. Lo tiene todo: nichos con grietas sugerentes, tumbas de las que brotan gusanos y cucarachas, y huesos humanos estratégicamente colocados en las esquinas más recónditas. Pero hay un elemento clave que no concuerda en la historia: quienes saltan entre los sepulcros del Cementerio Norte de Manila tienen poco de muertos vivientes. La suya es una vida plena, y también repleta de dificultades.
No hay estadísticas oficiales sobre la población que reside en los cementerios de la capital filipina. De hecho, sería imposible realizar un censo entre emigrantes rurales, maleantes a la fuga y prostitutas caídas en desgracia. Ninguno querría figurar. Pero nadie duda de que sean decenas de miles. Y basta con un vistazo al North Cemetery para convencerse de que posiblemente sean más. Solo en él ya viven unas 3.000 personas.
Las ventajas son evidentes. En primer lugar, los residentes oficiales, esos cuyos nombres y apellidos aparecen inscritos en las viviendas, no dan guerra. Aunque, como herencia de la colonización española Filipinas es un país profundamente católico, en el que la superstición está también muy arraigada, los espíritus no suponen ningún problema para los habitantes ilegales. "A quien hay que temer es a los vivos, no a los muertos", asegura Rosana Castro, cuyo hogar es, desde hace 23 años, una chabola erigida encima de una pared de nichos, en la frontera que divide la tierra de los vivos y de los muertos.
De hecho, a Rosana los muertos no solo no le incomodan, sino que incluso le proporcionan una forma de vida. El marido inscribe las lápidas y ella limpia algunas tumbas cuando los familiares de algún fallecido deciden ir a visitarlo. "El Día de Todos los Santos nos da de comer durante dos meses, pero el resto del año la vida es dura", relata Rosana, que cobra entre 50 y 100 pesos (entre uno y dos euros) al mes por cada tumba de las que se responsabiliza. Mañana será el único día del año en el que no pueda permanecer en su infravivienda. "Tenemos que ser respetuosos y en Todos los Santos los familiares vienen a ver a sus seres queridos. Dejamos todo limpio y nos marchamos", cuenta.
La segunda ventaja de vivir en un cementerio se nota directamente en el bolsillo. "No hay que pagar alquiler", reconoce Rolando Lacap, un hombre de 45 años que nació en el North Cemetery y que no se ha movido un ápice del panteón de los Teves en el que su madre le dio a luz sin anestesia ni asistencia médica. "Mis padres ya cuidaban de él cuando vivía la mayoría de los miembros de la familia. Ahora solo quedan los nietos de quienes compraron la parcela, y yo sigo cuidando de sus antepasados". En sus palabras no se aprecia ni un atisbo de envidia por el hecho de que los huesos de los Teves tengan un hogar mucho más decente que el suyo.
Porque adecentando el panteón de esa familia consigue parte de los exiguos ingresos que le permiten comer una vez al día. "Les hacemos un favor y por eso nos dejan vivir aquí. De hecho, nos dan ropa e incluso comida. Creen que no solo adecentamos el mausoleo, sino que también damos compañía a los que están dentro". Vaya si la dan. Es posible que incluso los Teves no puedan descansar en paz, porque Lacap no está solo. Junto a las tumbas de esa familia, ha construido poco más que una tejavana a la que llaman casa diez personas más: su mujer, Victoria Lacap; cinco hijos, de los que solo uno ha llegado a pisar el instituto, y no por mucho tiempo; y cuatro nietos que, cuando no dan brincos jugando a rockeros con palos que sirven de guitarra eléctrica, duermen desnudos sobre el yacimiento final de los Teves. La suya es una vida sin oportunidades. Porque las ventajas de vivir en el cementerio difícilmente compensan los inconvenientes. "Tenemos que robar la electricidad y no hay agua corriente ni un lugar adecuado para hacer nuestras necesidades y lavarnos", enumera Rose Mari Mamaril, una mujer de 32 años que ha parido un bebé amarillento porque estuvo "tomando medicinas contra la diarrea durante el embarazo y sin consultar con ningún médico".
La ausencia de centros escolares y sanitarios, obviamente innecesarios para los muertos, agudiza los problemas sociales de estos refugiados del camposanto. "La consulta en el ambulatorio del barrio es gratuita, pero no así las medicinas o el tratamiento necesario, así que ¿para qué vamos a saber lo que tenemos si luego nadie va a poner remedio?", se pregunta Mamaril.
Malaria, dengue, tuberculosis y neumonía se encuentran entre las principales causas de mortalidad entre los habitantes de los cementerios y las barriadas de la capital filipina, un explosivo cóctel de unos 12 millones de almas. Cuando los virus no causan una escabechina, los tifones toman el relevo. "El viento se lleva por delante las casas, e incluso levanta las tapas de las tumbas y mata a gente. La lluvia no es mucho mejor", comenta Mamaril, sin atisbo de lamento alguno. "Y lo más preocupante es que muchos criminales vienen aquí a esconderse, y hay mucha droga y prostitución que crean un mal ambiente para nuestros hijos". La naturalidad con la que relata los peligros a los que se enfrentan ella y los suyos, en muchas ocasiones acompañada de carcajadas, es mucho más aterradora que la presencia de cientos de muertos a su alrededor.